El proceso

Sólo a veces, si abro bien la boca, y tomo bien de aire, si me coloco en una postura relajada pero derecha, sólo entonces, digo, se abre bien la salida de las palabras que guardo en la boca del estómago. En esos momentos pareciera que el aire es palabra y la palabra es aliento. Después éste se corta. Cambio de postura y miro mis tripas. Algo se ha movido. Sí, creo que sigue bullendo. Paciencia, me digo. Paciencia, pues dentro de poco saldrá lo que deba. Pero a su debido tiempo. No antes. 

La Dama

Escalofrío y Muerte recorren mi espalda al paso,
se coordinan entre sí,
y compiten para llegar primero a mi nuca.

Anoche soñé con Ella,
me miraba a los ojos y me comprendía,
"porque las dos somos mujeres", decía,
y yo callaba.

No vengas a buscarme de día,
porque eres seductora,
y pretendes a los que son como yo,
los que vivimos en blanco y negro
y soñamos a todo color.

No vengas, te pido, con el alba,
que aún me queda todo el día
y deseo inflarlo de color.

Y a la tarde,
cuando te sienta detrás,
cuando te confunda con otro escalofrío
y sólo acierte a cubrirme la espalda,
procuraré sentarme donde siempre,
frente a frente con el Sol de poniente,
para que me infle de colores,
para que Tú me perdones por hoy,
para que bajes de mi nuca,
para que marches en paz,
para que sólo muera este día.

Mi propia escala

Que lo digan en todos los rincones, 
que es a Ti a quien canto. 
En Do, en Mí y en el Sol, 
cuando llegue. 

Yo no quiero vivir en las miradas, 
yo vivo en cada inspiración, 
que entra, me alimenta, se colorea
y despide morado tornasol en cada son. 

Si sólo quedase un día en la Tierra, 
un día para compartir los dos, 
si supiéramos lo que nos espera, 
y ese día nos destinara muerte. 

Si la muerte acechara como acecha, 
y nos surcara el gesto con horror, 
si tras el día esperara la tumba, 
sabría qué hacer, mi vida, mi Amor. 

Volcaría entero mi último aliento, 
llenaría al máximo mis pechos, 
con vida, risa y cada tormento, 
con cada nudo de garganta; 

llenaría, te digo, la guitarra de mi cuerpo, 
la flauta de mi cuello, 
el tambor de mi tripa,
las castañuelas de mis palmas, 
el violín de entre mis piernas, 
y el silbido de pupilas...

...y lo soltaría por mi boca
como marea imparable de emoción salada, 
de heroica bravura e insondable ternura. 

Escucharás entonces esta boca
y sabrás que es la mía,   
la que te ama y te desea, 
la que te llama y te agradece, 
la que se frunce a la tristeza 
y se despliega en tu risa. 

Así haré, mi vida, mi Amor. 
Así sonaré. 
Te lo digo, alto y claro, 
te lo digo y tiemblo, 
pero no hay dudas:  
¡Sonaré toda la vida! 
Hasta que me muera, 
hasta el momento en que no disponga del aire de mis pechos,
ni de una boca con la que besarte tras ser música. 

Sin título

Cándida es tu risa de cristal, juguetones son tus párpados, 
que se conjuran para atraerme 
como polilla a la la luz. 

Aún así, seamos quienes seamos, nos reinventamos, 
yo en ti y tú en mí, distintos en cada verso liberado. 

Apaga la luz, 
volvamos a la almohada
y sigamos disfrazándonos, 
yo de tu sueño y tú del mío. 

Martes

Camináis machacando la Tierra, 
yo os veo y morís, 
primero por dentro, lentamente, 
y al fin por fuera. 

Camináis derrochando vida en las cunetas, 
en la vereda de cada rastro, 
sin mirar vuestro suelo, 
sin hablar con quien habláis, 
sin oler lo que inhaláis, 
ni siquiera estando donde estáis. 
Y todo huele a verde oscuro. 

Camináis y yo muero viéndoos, 
queridos odiados nocturnos. 

Lo peor es no poder levantar la lágrima 
que sólo sabe caer, 
igual que la cabeza, 
que los pechos y los párpados, 
con una gravedad corporal que viene más allá de la terrestre, 
pues si de verdad fuerais terrestres, 
queridos odiados, 
sabríais llegar al martes sin derribarme. 

Casi peor es veros cerca, 
tan cerca que estáis conmigo,
con el mismo trasiego y la misma 
Madre. 

Fogonazo

Lo vi todo en un destello,
me desvelé y quedé ciega de luz,
como cada negativo
de mi rugosa caja de madera.


Sí, cariňo,
La cámara se desgasta.
El mismo botón que aprieto
diariamente,
día a día,
a diario,
cada
día...

A la mañana se despereza:
y funcionar,
y captar nuevas luces,
una a una y como se merecen,
sin dañarlas,
sin dañarme, al menos no en público.

Abro y abro el objetivo, doy en su tope,
sabiendo que todo tiene fin,
que las recámaras se acaban,
que el pulso se debilita
y tuerce la imagen.

Quemada por truenos pasados,
por neones tempranos
que aseguraban no ser fatuos,
y sonreían de espaldas.

Así llegó mi lente cansada y descreída,
nublada,
queriendo mirar al Sol a la cara.

Pero no puedo,
esta bella luz hace doler,
me traiciona,
me hace llorar.

Esta noche saqué mi pañuelo,
tomé asiento y limpié bien mi álbum:
el blanco desapareció hace tiempo.

Esta mañana tenderé el pañuelo,
penderá y despedirá la sal seca y rugosa,
la que queda cuando el agua bendita se esfuma.

Sólo el Sol
devolverá la blancura.

Ellos y el Sol

En mitad de la explanada fueron a encontrarse.
Se veían desde lejos, Se sentían y Se esperaban. 

A medida que iban acercándoSe, Su corazón se aceleraba y Su paso se ralentizaba. Tal vez por miedo, tal vez por el deseo de atrapar el momento, tal vez por la falsa impresión compartida de vivir la intensidad a cámara lenta. Lo cierto es que cada Uno se prendía de los ojos del Otro, y lloraban de emoción y el radiante Sol que bañaba el momento, amén de la omisión de parpadeo de Ambos. 

Ella Le vio tropezar. Contuvo la respiración al presenciar Su caída y se llevó las dos manos al pecho, al lugar del que colgaban siempre Sus colgantes, a la explanada alojada en Su pecho. No alcanzaba a verLe, la maleza Le ocultaba y no observaba movimiento alguno... ¿Dónde estaba, estaría bien? Pero Él asomó la cabeza, como un niño, entre los tallos de hierba seca, con la sonrisa pícara de cuando las cosquillas. Ella frunció el ceño, luego rió, luego corrió hacia Él.

Pasaban rápido los metros bajo Sus pies, los accidentes del terreno, los latigazos de cada espina en azotando cada pierna y alguna que otra muñeca. Muy rápido, muy muy rápido. A punto de llegar, ya estaba cerca y el reencuentro era inminente, pero, al igual que en los sueños, a cada paso, aparecía, como de la nada, una mayor distancia para llegar a Ella. 

Apenas quedaban tres metros cuando Ella se dobló por la mitad. Clavada, como una estaca, dolorida y en pleno ardor llevó Su mano al muslo, y comenzó a caer...

Aterrorizado, Él saltó aún más de lo que había saltado en la clase de gimnasia de tercero, cuando el profesor había puesto un potro y un "plinton" seguidos y había amenazado con suspender el curso a cualquiera que no lograra superarlos. Saltó, como decíamos, alargó sus brazos hacia Ella, sintiéndose volar en el aire, y sintiéndose volar en la vida cuando por fin Sus dedos La acariciaron, primero el cabello alborotado, después los brazos, el cuerpo... 

Ambos se desplomaron, Ella en los brazos de El, doloridos, fatigados, escapados de las mutuas ausencias, de las alegrías no compartidas y los dolores telefónicos silenciados, escapados de las ajenidades que siempre hablan y hablan sin parar, de todo lo que no fuese aquél mundo de Ellos bajo el Sol veraniego en la explanada de espigas. 

Volvían Su casa. 

Hacia adelante

Hacia adelante,
sin mirar hacia la izquierda, donde está ella, 
ni a la derecha, donde aún sigue él. 

Sólo se puede vivir mirando al frente, 
de vez en cuando la mirada baja
a la que siguen los renaceres. 

Pero presta cautela, 
en ocasiones el camino se desdibuja
y se funde con el de él y ella. 

No puedes pararte, 
no ves, el suelo se desdibuja
y crees dar pasos ajenos, 
incluso crees desearlos. 

Vuelve, intrépido, vuelve al sendero
por donde tus huellas te siguen
sólo a ti. 

No le mires, no la mires, 
sólo, de vez en cuando, 
deja caer tus suspiros para tomar impulso. 

Si labras cada pisada por ti mismo, 
si sudas la vida a cada aliento, 
si vives en tu piel sin ansiar la de otros, 
te harás dueño de tu destino. 

Sin título

Sueño, contigo, conmigo, con los árboles que nos rodean y los edificios que los tapan.
Los robustos ramajes que un día me cobijaron y alumbraron las flores que aún huelo.
Para encontrarlos sólo cierro los ojos,
respiro hondo y sigo el hilo de una flor:
la que yace en el río y da paso a otra nueva,
la que nace y nace.

Vuelvo a la fuente de la que todo parte, lo hago, poquito a poco, a trompicones, empujando los edificios que tanto me estorban, tapándome la nariz cuando huelo el amianto.
Levanto un dedo cuando encuentro el rastro y después sigo adelante.

Hoy sólo caminé dos pasos hacia ella.
Pero caminé.

La imagino silenciosa y bella, comienza a marchitarse, pero está ahí.
Me llama.
Aguarda, vida mía, aguarda, ya llego.

Puede que no llegue a tiempo, puede que para entonces no sea la misma que olí en el centro de la ciudad.
Pero estoy segura de que habrá dejado un bello rastro, y otra nueva naciente en su lugar.

Aguarda tú, entonces, jovencísima y tierna de color blanco.
Cuando te encuentre no te tocaré,
sólo aguardaré a tu lado a convertirme en tu compañera.

Así fue mi origen.
Así deseo caer.

Brisa de junio

Me gusta ir a la ferretería de mi calle y decir que no tengo prisa, dejar pasar a los que sí la tienen y esperar. Me camuflo con la columna y veo al señor ferretero buscando entre las cajas de cartón, que alojan palabras desconocidas en su lomo. Observo a este zahorí de destellos dorados y plateados buscar de penumbra en penumbra. Objetos desconocidos, inefables, tesoros brillantes que integran nuestros bolsillos de pequeños y ensamblan nuestras vidas de mayores. Eso me gusta. 
Me gusta tener sueño y que todo me inspire, embriagada en bostezos y dulces lágrimas saladas.
Me gusta tener sueños. 
Me gusta cada nueva flor que vive en mi casa y bebe de mi agua, y nutre mi olfato y alivia mis ojos, y da sentido a mis manos cada vez que toco su tierra. 
Me gusta decirte que te quiero, siempre por primera vez, sabiendo que cada palabra pugna por salir y no puedo acallarla, porque, de no florecer, arraiga en mí y carcome mis sentidos. Así que, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero... 

Si cada día en esta vida hiciera todo lo que me gusta, si viviera en un ciclo eterno de fugaces e inabarcables éxtasis , si supiera que los miedos no son más que guiones no representados y saliera a la calle reviviendo cada uno de los sueños que acunó mi inconsciente, un día daría la vuelta sobre mi ser y me vería tal como soy, envuelta en flores, sueños y brisa de junio, salpicada de polen blanco, con la falda al vuelo, los brazos en alto y el eterno nudo de la garganta deshecho en hebras maravillosas ondulando al sol de cada ocaso. 

Ese día volaré. No se lo digas a nadie, pero ya me están naciendo las alas,... y las plumas son preciosas. 

La primera frase

Toda una vida de pasos entrecortados, 
como cada risa y cada llanto que jalonan. 
Cada epifanía convertida en furtiva lucidez, etérea, 
desvanecida al volver cada lunes. 

Un suspiro noctámbulo que devuelve al estómago 
la noción de órgano palpitante que es. 
Un inflado de pecho obligado y punzante, 
que me convierte en otro ser deseoso más. 

Cada vuelta que doy en derredor tuyo 
me siembra esperanzas.
Y despierto, 
sobresaltada, bombardeando miradas al reloj, 
preguntándome por qué sus números no encajan. 
Porque son números, me respondo, 
y están así ideados, 
para dejar paso a las letras. 
Letras que hoy dibujo 
y van directas a crepitar en mi magma. 

Toda una vida, te digo ahora, 
para perder brújulas. 
Busca, me dijiste, busca y llega. 
Señalabas con el dedo indice 
de quien viene de allí 
o de quien quiere salir de aquí. 

Pero el laberinto es engañoso, te digo ahora,
hay conejos con relojes, 
pétalos que flotan en direcciones 
tan prometedoras que viro en cada esquina. 

Este camino se revela único cada día, 
pero cada día, con el trino del primer vencejo, 
arrugo el papel de la anterior noche
y vuelvo a la primera frase:
"Toda una vida de pasos entrecortados, 
como cada risa y cada..."

Busca, me dijiste. Busca y llega. 
Yo camino, troto y repto. 
Rodillas, nudillos y codos en unísonos sangrados 
que se jalean al son del mismo guerrero. 

"Con mi paso y mi luz", 
con el cayado blandido y la barbilla en horizontal, 
basculando con la otra mano, 
el hatillo ligero pero acertado. 
Cada día. 

En la penumbra he escondido los restos del sueño anterior, 
los escondí bajo la cama, donde maceran todos juntos. 
Colores de guerra y vuelta a las quimeras. 

¿Cuál será hoy? ¿Lo sabes tú acaso?
Las once primeras eran de natillas, 
pero llegados el vodka y el sandwich de miel, 
cada intento no era más que un sucedáneo. 

Soy más vieja que tú. Seas quien seas. Lo soy. 
No tienes nada que enseñarme, lo siento.
Te crees abanderado de mi sino, 
pero sólo lo eres del tuyo, 
y eso no me sirve. 

Busco, busco y ansío llegar. 
El camino, dicen. 
Pero mis pies se rebelan, 
ya no quieren seguirme, 
y he vuelto a la ciudad, 
al mismo banco de cuando los filetes mal fritos. 
A mi alrededor flota
el aliento de quienes encontraron mirra. 

Anoche soñé que por fin encontraba 
después de muchas, muchas, muchas vueltas, 
mi propia cola. 

Sin título

No oler es como no sentir, y para mí, no sentir significa, con sensación de deshonra, no ser.

Parece que el grueso de mi memoria y del erizado de mi vello son avivados por el sentido del olfato. Después de extirpada mi pituitaria me he vuelto cartón piedra, figurante ante tus párpados, una verdadera actriz ante cada escena. Ante los fogones, tras la puerta del baño, en la penumbra de la cortina... Doy pasos falsamente dubitativos, dibujando a posta las huellas en el suelo para que parezca que avancé a cada pisada, para que sigas la historia de amor tras de mí, pero sin mí. En el fondo pienso que en esa esquina, donde mi vista no alcanza, tras la peonza, el casco de moto y la banderita de Asturias, hay una cámara oculta. Todo esto no es más que un espectáculo, y yo me vuelvo diva de mis propias miserias. Arrastrándolas y pretendiéndolas hacer bellas para que al menos tengan un sentido.

Las miserias, te digo aquí y ahora, son todo aquello que nos despierta del sueño. La primera vez desperté con un "No, porque lo digo yo". No recuerdo las siguientes, no las recuerdo porque ya parece que se escriben solas, sin mi supervisión, y nutren una biografía no autorizada que alguien debe estar escribiendo en otro blog, en otra realidad donde yo no sea economista, ni sepa de tramoyas.

El despertar de hoy consistió en un estornudo y un pañuelo tieso. Ahora sigo despierta, lamentablemente despierta. Y no sueño. Cierro los ojos y no sueño. Recuerdo y no consigo llegar al trance que me hace volar. Esta miseria sí que está siendo grande, como la nube que hoy quebró sus fauces sobre mi cénit.
Pasarán las nubes, dice el señor de corbata y mando a distancia. Pasarán y dejarán dinero en los campos y comentarios en la boca de los viandantes. Pero el olor no es el mismo antes y después de pasar cada nube. Aunque esto, como te decía antes, no lo sé, ya que sigo sin olfato.

Te miro, levanto el petulante índice, arqueo una ceja y aseguro en actitud osada que algo sí sé, a pesar de mi nariz acartonada: no soy la misma que antes de llover. No sé si ahora se me han bajado los humos, y he dejado de arder, o si al contrario, me arde el alma a través de estos dedos que teclean. Tic tac tac tac tic. Qué rápido escribo ya. Como si hiciera falta hacerlo tan rápido en cada ocasión. Cuando quiero ir más lento me cuesta. Debo hacer un acto consciente de deceleración, y me veo absurda. Tic.....tac..... tacccccc...
Decaen las teclas y caigo yo detrás. Mirándome sólo los nudillos, preguntándome si algún día los rascaré contra una pedregosa pared con algo de musgo mientras camino rápido hacia algún horizonte.
En ese caso, ¿qué son estas teclas? ¿Un entretenimiento? ¿Una práctica de mecanografía? Tal vez sean un paso previo a destrozarme los nudillos.

Si esto fuera necesario los convertiría en pura sangre desencajada desde mis huesos. Si tuviera que quedarme sin nudillos, sin rodillas, sin codos... Todo eso lo arrojaría aquí y ahora contra esa pared. Buscaría una pared así por cada jardín parisiense. si fuera necesario. Todo, digo, con tal de llegar al punto previo, al principio del arco iris que llevo buscando durante todo el largo de mi cabello.

Me dijiste que tú darías el alma por descubrirme ese principio y ese fin - son lo mismo - pero veo que no puedes, porque soy yo la buscadora, y la que debe encontrarlo. Soy yo, yo la que nació un viernes. y lo siguiente que recuerdo es una tarta con tres velas y la pata de una cama. No quiero señalar a nadie, pero justo en ese momento llevabas cuatro días levantando el índice.

El índice, uno de los que ahora dibujan mis miserias, me dice que, con el tiempo, las arrugas borran mi identidad, porque la surcan y la reconfiguran. Me identifico con nuevas rojeces de nariz y de ojos, y sigo frunciendo el ceño, conteniendo hipidos porque no lo encuentro. ¡No lo encuentro!

Buscar es un tormento que no he conseguido aprender a abandonar. ¿Lo sabes tú? Quiero abandonar la búsqueda. Relajarme y disfrutar mientras mis pies cuelgan del tejado. Dejar de mirar hacia abajo y de avisar de mi proximidad y fijarme en la belleza del cielo que me contiene. Sí: lo que ya sabías. El cielo comienza a partir del término de nuestra piel, a partir del aire que nos rodea. Y no termina hasta que termina el alcance de nuestra vista. Ya está. Una pista más, y no he necesitado buscar para encontrarla.

Tal vez algo haya aprendido después de tanto viajado alrededor del Sol.

Lo que NO es


"La poesía no es un artefacto, ni un simulacro, ni un instrumento. No se analiza, no se disecciona sobre una mesa, y sobre todo, no debe desnudarse de los sentimientos propios. Sin el acento humano de quien la escribe, ya no sería poesía. 
Poesía es cada palabra que hace nudo en la garganta. Hondo suspiro frente a la amanecida en el campo. La dicha de alcanzar tu piel. La añoranza de una voz que no habrá de sonar más. Unir las almas tras unir las letras. 
Así pues, no me pida que le desvele lo que leo, sargento. Habrá de leerlo usted mismo antes de fusilarme."

Soy una flor

Eso soy, no por la forma, no por el color, no por el olor. Nadie lo sabe, sólo yo. Soy afortunada, porque soy flor todo el año, en Primavera tan sólo florezco un poco más. 
Por las noches me recojo, pero sigo siendo flor, y guardo para mí mis cuitas y secretos. Los custodio serenamente y con mucho primor coloreado. 
Soy una flor que recibe tierra del zapato de cada errabunda alma que desea acercarse. Muchas fatigadas, tristes o tal vez desazonadas. Vienen, reciben mi amparo y mi escucha y se van. Parten más ligeras, y yo quedo nutrida de la tierra que me traen, de sus viajes, de la brisa que arrastran. 
Mis huéspedes no saben lo que una flor puede hacer. No lo sospechan, porque lo hago a sus espaldas, en mi íntima noche de luciérnagas y grillos, con mis raíces gozando de la Tierra. 
Las maravillas ajenas me han convertido en una virtuosa flor, me han traído la gracia. 
La belleza. 
La fogosidad con que horneo mi néctar. 
Gota a gota, día a día, devuelvo al mundo la dulce frescura de la vida. 
Soy una flor.
Una delicada flor. 
Traigo vidas. 
Creo vida. 
Soy la Vida. 

Una y otra vez

Viviste una y otra vez, 
sin cansarte de vivir, 
y añadías latidos a tu mochila, 
y piedras y rosas y dalias y lirios y orquídeas. 

Aprendiste a yuxtaponer agradeciendo, 
mimando los añadidos
y los suspiros que aún te quedaban por lanzar. 

Por aquella época llovía
en el algodón verde que flanqueaba la autovía. 
Yo miraba por la ventana y señalaba, 
como una niña, 
como anciana fuera de la residencia. 

Tú describías cada sencillez del camino
y la hacías más grandiosa,
con el único fin de llenarme las pupilas. 

Cómo te lloro niña mía, 
estoy mojando la madera y tú no me oyes, 
sólo te tatúas mi nombre, 
sólo me mencionas mirando hacia la cuarta pared,
sólo me conjuras con licores, 
y me juras que soy el mayor de tus amores. 
Me vives y me revives, 
me imitas para que vuelva 
y fabricas ecos con mi nombre
llenando cada esquina de la Sierra. 
Me invocas en posición de Ángelus,
esperando la magia de volver a mi mejilla. 
Pero debes creerme, niña,
tú no quieres eso, niña, 
no quieres verme, niña, 
aún no, niña,
vive, niña. 

Búsqueda plena

"...pájaros en la cabeza...", pájaros, y todo lo que vuela, y lo que sube y salta, hacia arriba, siempre hacia arriba, como si buscara un aire azul, como el que despiden las nubes al moverse, nubes de agua, nubes de nieve y sencillez condensada, las nubes que contaba de pequeña, esas nubes que, si las miraba fijamente, en un descuido de esos que no contempla el universo, en un momento entre bambalinas, esas nubes, digo, entre cuyos pliegues, seguro seguro, iban a permitirme encontrar a Dios, que también está en las nubes, con los pájaros, y en mi cabeza con la belleza que aún no he tenido la suerte de alumbrar. 
Subo a torres altas, por eso salto y miro hacia el alto de los edificios cuando camino por la calle, por eso adoro la cigüeña que serpentea entre las torres de las iglesias, las viejas y las nuevas. Si contengo la respiración y vuelvo a mirar fijamente a la nube que me acompaña sobre la cabeza...


Elevados

Desde arriba todo era silencio, no oíamos las miserias de los que discutían a pie de calle, eran todos tan pequeños, y las palomas volaban tan unidas... Tan elevados estábamos que ya no cabía el vértigo, no teníamos miedo de ser atraídos por el vacío, sino más bien ansiosos por convertirnos en proyectiles directos e infinitos. Ir hacia abajo tan sólo sería una consecuencia. 


En la altura los secretos se convertían en bloques, todos brotaban al unísono y podíamos contárnoslos en serie, como uvas de un racimo. Te he pensado. Te he mirado cuando te creías solo. Te he añorado más de lo que te confesé ayer. Te he odiado por no adivinar lo que ahora mismo pienso. Pienso que eres... no, aún no, no estamos suficientemente altos. Vamos a subir más escalones. Allí te lo digo. 

Quién me iba a decir que subir era tan bueno para el corazón. El viento te obliga a respirar y vivir a la fuerza, mantiene los desvelos alerta, nos hace pender sólo de nuestra voluntad, porque allá arriba no tiene sentido la gravedad. Si quiero estar, estoy más. Si quiero caer, caigo más. Si quiero hablar, te miro. Si quiero tocar, espero a que la brisa me traiga tu pelo a la cara. Allá arriba no hay frío, hay vida recorriendo la epidermis y soliviantando el vello. Allá arriba lo hice. Lo hice. Lo hice. Lo hice.  Lo hice. Lo hice. Allá arriba me dejé caer sobre los empeines, grité hasta darme la vuelta de dentro afuera, allí arriba... volví a recibir el eterno alivio, la sanadora verdad de saberme solo. 
Menos mal que aún así estás. 

Cuándo


Seré quien quiero ser cuando mis sueños,
los que tiran de mis lóbulos, 
los que tamborilean en mi tripa para eclosionar por fases,
se conviertan en mis dueños. 
Seré quien quiero ser cuando acepte que 
desear significa querer vivir más. 
Seré tan grande como quiero ser
cuando acepte de una vez lo grande que ya soy. 
Seré tan bella como quisiera ser
cuando las ondas del agua me devuelvan chispas nuevamente. 
Seré tan inteligente como pretendo
cuando ignore el origen de mis ideas. 
Seré tan bondadosa como quisiera
cuando el mal se me torne incomprensible
y sus consecuencias supongan sólo un gaje de vivir. 
Seré yo cuando no pretenda más 
ser de mis sueños, ser grande, bella, inteligente, bondadosa. 
Seré yo 
cuando por fin yo sea. 

El grillo

Harto de mirar las puestas de Sol. Todos los días. A la misma hora. Sobre la misma roca me manchaba el trasero con el verdín del musgo. Harto de echar de menos. Harto del silencio y del único consuelo que recibía del mismo: el grillo, el pájaro, el follaje, el agua...Soniquetes que había dejado de valorar después de meses. Vaivenes sonoros fundidos conmigo y que no suponían más que otro resoplido lateral.

Adoraba mirar directamente al Sol, jugar con mi retina a simular la ceguera final. Me encantaba hacerlo durante varios segundos y súbitamente apretar los párpados, y luego lagrimear sin parar. Poco después volvía a escudriñar las lomas doradas de la Sierra, esta vez llorando. ¡Qué gran estampa la mía!
Imaginaba que alguien me filmaba o me fotografiaba. Con la languidez y la virtuosa pose que, observada desde la ajenidad, atrajo siempre tanto a los objetivos. 
El final del estío me dejó la vanidad como medio de entretenimiento. 
Pronto volvería a aburrirme sin dejar huella. 
Pronto echaría de menos el musgo. 
Y al grillo. 

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