Una canción

Los días, y las horas, y los minutos, y más días.
Cuánto tiempo pasará,
disfrazado de qué formas,
enmarañado en mi pelo y desgajándome los ojos.
Cuántos momentos vamos a perdernos,
cuántas primeras veces están llegando tarde,
todo tarde, demasiado tarde,
todo sabe a poco,
el sabor se va,
se convierte en una canción de un teléfono.
Se convierte en el aire que se acumula arriba,
en el suspiro previo al hartazgo.
Otro día, y tantas horas.
Cuánto tiempo se nos escapará.
Un día, cuando las arrugas no nos dejen abrir los ojos
nos llamaremos idiotas,
y miraremos atrás.
Porque todo, todo, está quedando atrás.
Me duele el cuello, y mirar hacia adelante
hace tiempo que es mirar hacia abajo,
vidrioso y apretando una mano contra la otra.

Cuánto más debe pasar.
Para que el tiempo y el espacio
dejen de existir.
Cuántos besos se caerán
hasta que quieras recogerlos.
Cuánto miedo he de pasar
hasta que vacíe mi mar.
Cuántas botellas deben flotar,
cuántas flores deben morir,
cuántos versos debo libar,
cuántas veces la misma canción,
cuántas uñas debo clavar,
cuántos sueños que sólo son sueños,
cuántos hipidos,
cuántos reproches,
cuánto me he de marchitar,
cuánta congoja y cuánta insana verdad,
cuántos sacrilegios y hermosuras rotas por la derrota
de la mano que no encuentra,
del beso que no roza,
de los ojos taciturnos,
de la flor que se vuelve a cerrar,
de la niña que no sabe,
del niño que se ofusca,
de la ternura que se emborrona,
de la eternidad, a la que amenaza su rival, el tiempo.

¿Cuánto? ¿Cuánto? ¿Cuánto deben mojarse estos dedos?
¿Cuánto queda
hasta que vuelva a llorar
pero de alegría?

Yo sólo quería estar contigo.
Y ahora sólo tengo una canción.

https://www.youtube.com/watch?v=hdrfB8UDC6A

El secreto de la Ciudad de Piedra

Ser de una pequeña localidad hecha de piedra y estudiantes es un privilegio, pero ello supone también una carga y una solemne responsabilidad. En la medida de lo charro que se sea, en la medida en que se conozca y ame esta hermosa cuna pétrea y anaranjada, se debe ser consecuente con el honor que esta circunstancia congénita acarrea. 
Sólo nosotros, los que vivimos la Ciudad de Piedra en época de ausencias estivales, sólo nosotros, digo,  conocemos sus más íntimos secretos y la gigantesca dimensión que alcanzan. 

La Ciudad se nos muestra desnuda, porque así ha quedado con la marcha del estudiante. Ella le ha acogido, le ha acompañado, le ha susurrado bellezas y le ha mostrado el río. La Ciudad ha amado a tantos licenciados Vidriera que ya no desea llevar la cuenta, y prefiere sentir que todos son el número uno.
Esta Ciudad non praestat lo que cada uno no desea ser, pero se engalana cada septiembre para recibir a todos los célebres talentos que aún estar por conocerse a sí mismos.

Pero en agosto,... ¡Ay, en agosto! No habrás visto jamás, una Ciudad más dolorida, lánguida y hermosa, deseando desplegar sus conjuros de amor, en dulce espera, en anual estado de paciencia y expectación. Esta gigantesca Penélope de piedra ha deshecho todas sus torres de arena, grano a grano, para volver a construirse a los ojos del pupilo, de la sabiduría no nata, de la pasión centrífuga, de todos los lazarillos que guiarán al mundo, de todas las ciencias de esta vida y de la otra, de todas las letras que vuelan hacia su aire florecido, a la espera de que un vocacional poeta las vuelva a sublimar en verso, al amor de la Verdad, de la vida y como testimonio de la eternidad.

Los que aquí quedamos, tenemos la responsabilidad y el honor de estar a la altura. Debemos pasear esta Ciudad de Piedra que se encuentra en capilla para recibir a su amado estudiante. Debemos admirarla por ella misma, porque sólo ahora está desnuda y se muestra más bella que nunca para nosotros, los que la amamos desde que nacimos y cada día, incluso los de agosto. 

"Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado"

El secreto de este hechizo sólo se ve en agosto. Y yo lo vi. 

Fábula de las gárgolas

Un día, una gárgola de piedra le dijo a otra:

"-Hermana, nuestro creador vive furioso y enajenado, pasea pateando las calles, ofendiendo al inocente, atacando al justo, enfrentándose a su hermano, arrinconando al débil, blasfemando ante todos sus dioses, jactándose de su violencia, manchando la Tierra y el aire. ¿Qué le está sucediendo? ¡Oh, hermana! ¡Te imploro una respuesta sabia!”.

La otra gárgola le contestó:

“Hermana, han pasado los siglos desde que él nos creó, nos ha olvidado a nosotras y nuestro objeto. Tiempo ha desde que nuestro creador dejó de mirar hacia arriba. No nos reconoce ni nos teme, y peor: cree que no debe temernos.
Es hora, pues, de que le recordemos una de las supremas Verdades, que es ésta: todo lo que sube, si se socava, acabará por caer”.

A la mañana siguiente el noticiero rezaba así:
Gárgola de San Eutiquio se desploma a los pies de un ciudadano armado”. 

Diminuta

Los Reyes me enseñaron
que después de los regalos
vienen las ausencias,
y después de las ausencias
acuden las promesas.

Las promesas son anclas para fondear
en la salada esperanza de quien queda atrás,
para que nos mire al alejarnos,
para que nos salude con la mano
y sonría
hasta que desaparezcamos.

Con el tiempo aprendí que los dientes se caen,
que los padres también se rompen,
y que todas las abuelas del mundo son transparentes.

Aprender es crecer,
pero al crecer
siempre me siento más pequeña.

Al aprender despierto, violentamente,
de un sueño en el que reía,
los caramelos eran gratis,
la gente vestía de colores,
regalaba flores y piropos,
la música era para danzar
y los amigos sonreían con dos filas de dientes
hablándome del Mar con postales
que comenzaban: "Querida niña...".

Hoy desperté sin flores, sin caramelos,
sin música ni danzas,
en blanco y negro
y entre señores grises.

Hoy he aprendido que,
para saber del Mar,
deberé visitarlo yo misma.

Excusas

Ahora que vuela la lluvia
y la gente corretea hacia los portales, 
ven y siéntate aquí,
conmigo.

Contemos los rayos, las hojas,
los pelos de tu barba,
las ramitas que esconde mi pelo
y los bombones que aún te quedan por comer.

Todo me parece poco.
Todo es poco para contarte
hasta dónde llegan mis ganas de secuestrarte.

Podría decirte que son tantas como piedras en el Camino,
como lágrimas en tu hombro
como carcajadas en la cocina,
tantas como páginas, versos, letras,...
tantas como aún dura tu primer abrazo por la espalda.

Todo es poco y hago por que te quedes
conmigo.
Contemos los coches, las ruedas, 
las faldas largas y los bastones, 
los patinetes y los buenos perros.

Un día quedaré sin excusas.
¿qué contaré entonces?
Entonces esperaré a la noche,
y te pediré que cuentes para mí
hasta la última estrella.


El triunfo

El día que te vi sentada estabas más desnuda de lo posible. Allí me esperabas, serena y absolutamente dominada por un qué sé yo gris, el mismo que llovía sobre mí.

Yo había llegado hasta los confines de mis infiernos, había caminado por inhóspitas veredas, absurdos zarzales y había perdido completamente el norte.

Sin saberlo, te había buscado. Había llamado a cada puerta, me había esforzado lo máximo posible para llegar a un qué se yo supuestamente luminoso. Había dejado de ser yo tantas veces, tanto que el disfraz se me había pegado a la piel, y al rascarme, tratando de aliviar el escozor de lo no propio, la segunda piel ya no lograba despegarse.

Había renunciado a mi pelo, a mi piel, a mi gancho de mirada, a la voz que sale de las tripas, a levantar la nariz y elevar los sueños. Todos los tesoros me habían abandonado por el camino: unos porque no cabían en mi hatillo, otros porque estaban más seguros en la casilla de salida, muchos porque sentía no merecerlos, otros porque me los prometía a la vuelta,... y luego estaba él, ese único él, que no me acompañaba porque las verdaderas búsquedas se sufren en soledad.

Ese día yo tenía un dolor en el pecho, el dolor que sólo puede dar el fin de uno mismo. Yo era otra, transmutada, exiliada por completo de lo que había sido y desesperanzada por no ser nunca nada más.

El día que te vi sentada,
estabas desnuda para mí,
mirabas el mismo mar que yo,
desde hace más tiempo,
con mucha más razón,
y la misma desazón
que yo.

Contabas los pasos hasta el agua,
y no dabas ni uno más.
Así te encontré sentada,
exquisita mujer de arena,
en la misma espera,
la cabeza en bajo,
el tope alcanzado,
el momento de dar fin.

El día que te vi lo supe:
la belleza y la amargura,
son hermanas de sangre.
Sólo una reina en los sueños
hasta que se corona de verdad,
y ese día,
hermana sirena,
en mí triunfó la belleza
para reinar en soledad.

Piel

La piel que creaste ayer
lleva besos trenzados de hoy,
y alientos de la mañana
que susurran lo que soy.

No podría vivir en otra piel
que en la que tú me das y recibo,
ni tampoco en otro país
si mi piel no madura contigo.

Mi piel sobrevivirá a los tiempos, 
a la ceguera y los abismos,
al miedo que de la nada tengo
y al pozo que llevo aquí mismo.

Mi piel se amoldará a tus manos,
se humedecerá con tu lluvia,
resplandecerá con cada Sol
y viajará siempre en tu busca.

Pero mi piel se hará pedazos,
y tú lo sabes,
si algún día de gris noviembre
dijeras de entre la penumbra:
"Ya no vestiré la piel de siempre".

El Mar

El Mar es un manto eterno
de rugidos y de calmada presencia,
de desvelamientos y de ensoñaciones,
que atropella y que abandona
como la vida misma,
pero que siempre está en cada uno,
como Dios mismo.

Flotan en él nuestros recuerdos,
la sal cierta del porvenir,
la etérea espuma 
de lo que no ha de venir,
todas las contingencias, 
y de ellas, 
sólo las que quepan en las manos de aquel niño.

Es la única certeza que nos regala el horizonte,
el auxilio de mi agua salada,
el común de los mortales,
bravura cargada de razón,
tensa mansedumbre,
espejo de la Luna,
cielo en la Tierra,
cuna de los sueños,
fuga para el preso,
que es del magma
único contrapeso.

Dime, dímelo ya, 
¿es el Mar mi padre?
Cierto que lo es, 
pues una y mil veces me da la vida,
una y mil veces me perdona,
una y mil veces me arrulla,
me acoge, sana mis heridas,
me acaricia, me escucha, me mira, 
y me bautiza.

Margaritas

Estabas siempre en la ventana.
Yo veía todos tus días,
hasta ésos en los que ni tú misma te mirabas. Adorabas vaciar tu verde por encima de las cornisas en Primavera. Después cantabas para las lilas de tu vecina y para las margaritas de todos nosotros.
Por aquella época llovían conciertos en la calle de tu ventana, y tú aplaudías sacudiendo sábanas llenas de amores nocturnos, puede que alguno verdadero.
Nunca, en todos esos trimestres de dudas y margaritas llegaste a verme. Por más que yo mirara, nunca supiste de mis ensoñaciones, ni de las medias sonrisas dedicadas sólo a ti.
Hoy vienes con un euro en la mano y me pides café con chocolate. Yo te dibujo una margarita con la espuma. Tú no la ves. Colocas la tapa. Vas a sentarte entre las margaritas.

La Primavera

Si vinieran todas las cigüeñas a buscarme,
acompañadas de una cohorte de cigarras y grillos,
seguidas de quinientas mariquitas, adoradoras de la Reina de las Nieves en retirada.

Si todas flotaran en polen multicolor,
adornadas con lirios del Rey Salomón,
a su vez en plena libación
a cargo de Su Majestad Abeja Reina y su séquito, claro.

Si junto a ellas acudieran a mi el señor y la señora gorrión,
estrenando sus gorjeos y el anual eco de su dichoso trino,
y depositaran sobre mis ofrecidos cabellos una mágica corona de margaritas blancas.

Si todas las amapolas se abrieran a mi paso,
al son de Vivaldi y en rendida devoción al Sol.

Si la misma Madre Tierra me hablase para anunciarla,
aún así, amor mío,
sólo la daré por comenzada
cuando nuestros cabellos,
tu azabache y mi dorado,
se hayan trenzado tanto
como nuestras almas.

Un solo día

Esos días, 
los que cargan la maleta
e inundan los armarios, 
ralentizan el paso, 
pues tornamos para la cordial despedida. 

Van pasando esos días, 
los espero, los temo, los deseo, los imagino, 
y pasan. 
Uno, 
otro, 
y el siguiente. 

Los días que irán a ser, 
ahora son, 
mañana diré que fueron, 
y siempre tendré la impresión de que nunca los viví. 
Cómo el mar salado entre los dedos,
como mirar una imagen y detener el tiempo, 
como besarte más rato para que no escapes, 
como las viejas bromas que resucitan risas, 
como tatuar letras y mirar al horizonte, 
como dejar eco y decirse perpetuo. 

Pero el error es inventar plurales, 
y no comprender que amanecí niña, 
almorcé adulta y me acosté anciana. 

Que hoy es todos los días, 
y te he encontrado a mediodía.
Acompáñame hasta la noche, 
nos iremos juntos a dormir, 
y yaceremos al final del día. 


Sin título

Son como cuchillas,
las primeras notas de esa maldita guitarra.
Vetusta Morla y tu condenada boca.

Me lo envías.
Te va a gustar, me dices.
Me encanta, te digo.
Música directa a la boca de mi estómago.

Una cuerda y otra empiezan a sonar,
vibran al tiempo y me cortan,
sangro y sangro en negro por los ojos,
negro salado.
La astucia de esa melancolía que nos destruye en la sombra
y nos da la vida al final de cada etapa.

Quiero más, te digo.
No te preocupes, mi vida, yo te doy más.
Gracias, mi vida.

Atenta al próximo derrame,
espero frustrada tu ternura,
la deseo, la espero,
me llega una guitarra y una de tus letanías.

Se me arrugan los labios,
desbordan los pucheros,
una cría sin rumbo,
una mente depravada que sólo quiere más leña
y un mar donde arrojar cenizas.

Verte y no tocarte,
oirte y no besarte,
sentirte... y tan sólo poder soñarte.

Te he enviado otro, me dices, te va a gustar.
Gracias, mi vida, enseguida lo escucho.


Maravillas

A tu lado flotaban las ideas, las flores, los sueños, los suspiros y los besos.

Yo veía todo eso,
y describía la vida,
desde el otro lado del espejo.

Quédate así, sin moverte,
yo te cuento las maravillas
que me enseñas cada día.

Al fin y al cabo,
para eso son las Alicias,
para encontrar maravillas,
¿no?

Oración

Agiten Ustedes las nubes hasta quebrarlas en mil gotas,
pateen Ustedes el suelo hasta crear el camino, 
inunden Ustedes los ríos hasta derramarlos en cada lago, en cada mar,
fecunden cada flor hasta volverla fruto fuera del verde vientre.

Ustedes, 
que encendieron la luz, 
que alumbraron al hombre,
que mezclaron animales hasta crear un bípedo 
con alas en las entrañas. 

Ustedes, 
nada más que ustedes, 
tras cada gesta y cada leyenda,
no tuvieron otra idea que dejarme nacer.

Así, por azar, por error o magnanimidad,
véome en este eterno ensayo,
nadando en la marea 
de cuentos inenarrables
que vivo y no transcribo, 
en este cotidiano nacer, 
y no se me ocurre otra cosa, 
que darles las gracias a Ustedes. 

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