Una y otra vez

Viviste una y otra vez, 
sin cansarte de vivir, 
y añadías latidos a tu mochila, 
y piedras y rosas y dalias y lirios y orquídeas. 

Aprendiste a yuxtaponer agradeciendo, 
mimando los añadidos
y los suspiros que aún te quedaban por lanzar. 

Por aquella época llovía
en el algodón verde que flanqueaba la autovía. 
Yo miraba por la ventana y señalaba, 
como una niña, 
como anciana fuera de la residencia. 

Tú describías cada sencillez del camino
y la hacías más grandiosa,
con el único fin de llenarme las pupilas. 

Cómo te lloro niña mía, 
estoy mojando la madera y tú no me oyes, 
sólo te tatúas mi nombre, 
sólo me mencionas mirando hacia la cuarta pared,
sólo me conjuras con licores, 
y me juras que soy el mayor de tus amores. 
Me vives y me revives, 
me imitas para que vuelva 
y fabricas ecos con mi nombre
llenando cada esquina de la Sierra. 
Me invocas en posición de Ángelus,
esperando la magia de volver a mi mejilla. 
Pero debes creerme, niña,
tú no quieres eso, niña, 
no quieres verme, niña, 
aún no, niña,
vive, niña. 

Búsqueda plena

"...pájaros en la cabeza...", pájaros, y todo lo que vuela, y lo que sube y salta, hacia arriba, siempre hacia arriba, como si buscara un aire azul, como el que despiden las nubes al moverse, nubes de agua, nubes de nieve y sencillez condensada, las nubes que contaba de pequeña, esas nubes que, si las miraba fijamente, en un descuido de esos que no contempla el universo, en un momento entre bambalinas, esas nubes, digo, entre cuyos pliegues, seguro seguro, iban a permitirme encontrar a Dios, que también está en las nubes, con los pájaros, y en mi cabeza con la belleza que aún no he tenido la suerte de alumbrar. 
Subo a torres altas, por eso salto y miro hacia el alto de los edificios cuando camino por la calle, por eso adoro la cigüeña que serpentea entre las torres de las iglesias, las viejas y las nuevas. Si contengo la respiración y vuelvo a mirar fijamente a la nube que me acompaña sobre la cabeza...


Elevados

Desde arriba todo era silencio, no oíamos las miserias de los que discutían a pie de calle, eran todos tan pequeños, y las palomas volaban tan unidas... Tan elevados estábamos que ya no cabía el vértigo, no teníamos miedo de ser atraídos por el vacío, sino más bien ansiosos por convertirnos en proyectiles directos e infinitos. Ir hacia abajo tan sólo sería una consecuencia. 


En la altura los secretos se convertían en bloques, todos brotaban al unísono y podíamos contárnoslos en serie, como uvas de un racimo. Te he pensado. Te he mirado cuando te creías solo. Te he añorado más de lo que te confesé ayer. Te he odiado por no adivinar lo que ahora mismo pienso. Pienso que eres... no, aún no, no estamos suficientemente altos. Vamos a subir más escalones. Allí te lo digo. 

Quién me iba a decir que subir era tan bueno para el corazón. El viento te obliga a respirar y vivir a la fuerza, mantiene los desvelos alerta, nos hace pender sólo de nuestra voluntad, porque allá arriba no tiene sentido la gravedad. Si quiero estar, estoy más. Si quiero caer, caigo más. Si quiero hablar, te miro. Si quiero tocar, espero a que la brisa me traiga tu pelo a la cara. Allá arriba no hay frío, hay vida recorriendo la epidermis y soliviantando el vello. Allá arriba lo hice. Lo hice. Lo hice. Lo hice.  Lo hice. Lo hice. Allá arriba me dejé caer sobre los empeines, grité hasta darme la vuelta de dentro afuera, allí arriba... volví a recibir el eterno alivio, la sanadora verdad de saberme solo. 
Menos mal que aún así estás. 

Cuándo


Seré quien quiero ser cuando mis sueños,
los que tiran de mis lóbulos, 
los que tamborilean en mi tripa para eclosionar por fases,
se conviertan en mis dueños. 
Seré quien quiero ser cuando acepte que 
desear significa querer vivir más. 
Seré tan grande como quiero ser
cuando acepte de una vez lo grande que ya soy. 
Seré tan bella como quisiera ser
cuando las ondas del agua me devuelvan chispas nuevamente. 
Seré tan inteligente como pretendo
cuando ignore el origen de mis ideas. 
Seré tan bondadosa como quisiera
cuando el mal se me torne incomprensible
y sus consecuencias supongan sólo un gaje de vivir. 
Seré yo cuando no pretenda más 
ser de mis sueños, ser grande, bella, inteligente, bondadosa. 
Seré yo 
cuando por fin yo sea. 

El grillo

Harto de mirar las puestas de Sol. Todos los días. A la misma hora. Sobre la misma roca me manchaba el trasero con el verdín del musgo. Harto de echar de menos. Harto del silencio y del único consuelo que recibía del mismo: el grillo, el pájaro, el follaje, el agua...Soniquetes que había dejado de valorar después de meses. Vaivenes sonoros fundidos conmigo y que no suponían más que otro resoplido lateral.

Adoraba mirar directamente al Sol, jugar con mi retina a simular la ceguera final. Me encantaba hacerlo durante varios segundos y súbitamente apretar los párpados, y luego lagrimear sin parar. Poco después volvía a escudriñar las lomas doradas de la Sierra, esta vez llorando. ¡Qué gran estampa la mía!
Imaginaba que alguien me filmaba o me fotografiaba. Con la languidez y la virtuosa pose que, observada desde la ajenidad, atrajo siempre tanto a los objetivos. 
El final del estío me dejó la vanidad como medio de entretenimiento. 
Pronto volvería a aburrirme sin dejar huella. 
Pronto echaría de menos el musgo. 
Y al grillo. 

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