Nuevos cuervos

El viento, la lluvia y los últimos rayos de Sol anuncian la retirada de los últimos cuervos de esta temporada. Hermosos levantan el vuelo y ennegrecen el cielo con su partida para dejar espacio a las nuevas y mágicas crías que están por venir y que anuncian la brisa de hojarasca otoñal. 

No todo puede brillar, no todo y no siempre. 

Sólo puede haber luz en medio de la oscuridad. Eso me enseñas cada vez que me miras a los ojos e iluminas mi vida toda entera, con permanencia y retando a las sombras que bajan mis párpados. 

Después de unas cuantas ignoradas Lunas, por fin se puede decir que las noches son estrelladas, que el amanecer apaga las pesadillas de ayer, que nuestros castillos ya no son de arena y que innumerables Primaveras nos esperan si aprendemos a degustar la escarcha de cada Invierno. 

He salido del lago, sin nada que perder, ni siquiera la ropa, despertada por la esperanza, que dicen que es tan mala, pero que a mí me hace caminar, e incluso trotar por una cuesta hacia abajo, con falda azul y larga, cabello al viento asalvajado y latir en tono de tambores de conquista. 

Qué bueno es elegir la nueva piel, sana, limpia y perfumada del verde del campo, del olor de tu risa, y dar la bienvenida a los nuevos cuervos, que dicen que son buenos augurios para quien los encuentra al paso. 


Una canción

Los días, y las horas, y los minutos, y más días.
Cuánto tiempo pasará,
disfrazado de qué formas,
enmarañado en mi pelo y desgajándome los ojos.
Cuántos momentos vamos a perdernos,
cuántas primeras veces están llegando tarde,
todo tarde, demasiado tarde,
todo sabe a poco,
el sabor se va,
se convierte en una canción de un teléfono.
Se convierte en el aire que se acumula arriba,
en el suspiro previo al hartazgo.
Otro día, y tantas horas.
Cuánto tiempo se nos escapará.
Un día, cuando las arrugas no nos dejen abrir los ojos
nos llamaremos idiotas,
y miraremos atrás.
Porque todo, todo, está quedando atrás.
Me duele el cuello, y mirar hacia adelante
hace tiempo que es mirar hacia abajo,
vidrioso y apretando una mano contra la otra.

Cuánto más debe pasar.
Para que el tiempo y el espacio
dejen de existir.
Cuántos besos se caerán
hasta que quieras recogerlos.
Cuánto miedo he de pasar
hasta que vacíe mi mar.
Cuántas botellas deben flotar,
cuántas flores deben morir,
cuántos versos debo libar,
cuántas veces la misma canción,
cuántas uñas debo clavar,
cuántos sueños que sólo son sueños,
cuántos hipidos,
cuántos reproches,
cuánto me he de marchitar,
cuánta congoja y cuánta insana verdad,
cuántos sacrilegios y hermosuras rotas por la derrota
de la mano que no encuentra,
del beso que no roza,
de los ojos taciturnos,
de la flor que se vuelve a cerrar,
de la niña que no sabe,
del niño que se ofusca,
de la ternura que se emborrona,
de la eternidad, a la que amenaza su rival, el tiempo.

¿Cuánto? ¿Cuánto? ¿Cuánto deben mojarse estos dedos?
¿Cuánto queda
hasta que vuelva a llorar
pero de alegría?

Yo sólo quería estar contigo.
Y ahora sólo tengo una canción.

https://www.youtube.com/watch?v=hdrfB8UDC6A

El secreto de la Ciudad de Piedra

Ser de una pequeña localidad hecha de piedra y estudiantes es un privilegio, pero ello supone también una carga y una solemne responsabilidad. En la medida de lo charro que se sea, en la medida en que se conozca y ame esta hermosa cuna pétrea y anaranjada, se debe ser consecuente con el honor que esta circunstancia congénita acarrea. 
Sólo nosotros, los que vivimos la Ciudad de Piedra en época de ausencias estivales, sólo nosotros, digo,  conocemos sus más íntimos secretos y la gigantesca dimensión que alcanzan. 

La Ciudad se nos muestra desnuda, porque así ha quedado con la marcha del estudiante. Ella le ha acogido, le ha acompañado, le ha susurrado bellezas y le ha mostrado el río. La Ciudad ha amado a tantos licenciados Vidriera que ya no desea llevar la cuenta, y prefiere sentir que todos son el número uno.
Esta Ciudad non praestat lo que cada uno no desea ser, pero se engalana cada septiembre para recibir a todos los célebres talentos que aún estar por conocerse a sí mismos.

Pero en agosto,... ¡Ay, en agosto! No habrás visto jamás, una Ciudad más dolorida, lánguida y hermosa, deseando desplegar sus conjuros de amor, en dulce espera, en anual estado de paciencia y expectación. Esta gigantesca Penélope de piedra ha deshecho todas sus torres de arena, grano a grano, para volver a construirse a los ojos del pupilo, de la sabiduría no nata, de la pasión centrífuga, de todos los lazarillos que guiarán al mundo, de todas las ciencias de esta vida y de la otra, de todas las letras que vuelan hacia su aire florecido, a la espera de que un vocacional poeta las vuelva a sublimar en verso, al amor de la Verdad, de la vida y como testimonio de la eternidad.

Los que aquí quedamos, tenemos la responsabilidad y el honor de estar a la altura. Debemos pasear esta Ciudad de Piedra que se encuentra en capilla para recibir a su amado estudiante. Debemos admirarla por ella misma, porque sólo ahora está desnuda y se muestra más bella que nunca para nosotros, los que la amamos desde que nacimos y cada día, incluso los de agosto. 

"Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado"

El secreto de este hechizo sólo se ve en agosto. Y yo lo vi. 

Fábula de las gárgolas

Un día, una gárgola de piedra le dijo a otra:

"-Hermana, nuestro creador vive furioso y enajenado, pasea pateando las calles, ofendiendo al inocente, atacando al justo, enfrentándose a su hermano, arrinconando al débil, blasfemando ante todos sus dioses, jactándose de su violencia, manchando la Tierra y el aire. ¿Qué le está sucediendo? ¡Oh, hermana! ¡Te imploro una respuesta sabia!”.

La otra gárgola le contestó:

“Hermana, han pasado los siglos desde que él nos creó, nos ha olvidado a nosotras y nuestro objeto. Tiempo ha desde que nuestro creador dejó de mirar hacia arriba. No nos reconoce ni nos teme, y peor: cree que no debe temernos.
Es hora, pues, de que le recordemos una de las supremas Verdades, que es ésta: todo lo que sube, si se socava, acabará por caer”.

A la mañana siguiente el noticiero rezaba así:
Gárgola de San Eutiquio se desploma a los pies de un ciudadano armado”. 

Diminuta

Los Reyes me enseñaron
que después de los regalos
vienen las ausencias,
y después de las ausencias
acuden las promesas.

Las promesas son anclas para fondear
en la salada esperanza de quien queda atrás,
para que nos mire al alejarnos,
para que nos salude con la mano
y sonría
hasta que desaparezcamos.

Con el tiempo aprendí que los dientes se caen,
que los padres también se rompen,
y que todas las abuelas del mundo son transparentes.

Aprender es crecer,
pero al crecer
siempre me siento más pequeña.

Al aprender despierto, violentamente,
de un sueño en el que reía,
los caramelos eran gratis,
la gente vestía de colores,
regalaba flores y piropos,
la música era para danzar
y los amigos sonreían con dos filas de dientes
hablándome del Mar con postales
que comenzaban: "Querida niña...".

Hoy desperté sin flores, sin caramelos,
sin música ni danzas,
en blanco y negro
y entre señores grises.

Hoy he aprendido que,
para saber del Mar,
deberé visitarlo yo misma.

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