Restos de las flores

Parece que nade en pétalos, 
rojos, rosas, blancos, hojas, 
y que nadie repare en ellos, 
pues sólo yacen en el suelo. 

Lo que cae al suelo se ignora, 
como las lluvias del cielo,
sólo vemos aquí y ahora, 
sólo delante y cerca, 
y las gotas caen, 
no vemos, 
pero sabemos
que van cayendo,
que mojan y resbalan,
que también crean suelo
con lo que queda de las flores. 

¿Qué queda del jacinto, la peonía, la violeta?
¿Qué de la margarita? ¿Y de tus Rosas?
Te lo pregunto por la noche, 
porque parece que se pueda
preguntar sin que se note. 

Aún quedan, me dices,
lilas, lirios y muchos, muchos dientes de león.
Los guardas muy al fondo
de la copa, sombrerero, 
para que el próximo enero
tengamos para los dos.

No me fío de las flores
que regala mayo al Sol,
sino sólo de la Rosa
de quien eres defensor.

¿Alguna para mí? pregunto,
retorciéndome el gabán,
pues tengo miedo de pedir
lo que sólo se ha de dar.

"Aguarda, Alicia,"
das en contestar.
"Soy peregrino,
todo se andará".

De aquí a allí.

Lo cierto es que estoy harta de las estaciones de trenes y autobuses, de agitar la mano por la ventanilla del conductor y verte en el retrovisor. Hemos vivido escenas maravillosas de despedida, hemos creado una enciclopedia del idioma de la distancia, del cariño al oído, de la empatía y la fe. 
Este hilo que nos une, esta soga indestructible que es capaz de cruzar fronteras y océanos en caso de necesitarlo, ya no necesita ser testada nunca más. 
Este lazo rodea mi seno. Es bello notarlo, como el anillo en el dedo, y lo noto cuando tomo aliento - que es el aire que me ayuda a volar hasta tus sueños -, y cuando lo dejo ir - el aliento que vuela miles de kilómetros hasta llegar a tu pecho -. 
Esta liana tiene la forma de tu brazo cuando pasa por mi hombro, tiene la forma de tu mano al tomar mi talle. La forma de tus rizos - si tiras de uno de ellos, con seguridad saldrá un buzón -, la forma de una nota de piano grave, pulsada en mitad de un silencio vacío, vibrando y vibrando sin tope. La forma de un camino que serpentea y obliga a escapar. Esta soberbia hebra, que va desde tu pecho al mío, está hecha de cabello dorado y negro, mojado de lágrimas, sostenido por sonrisas, amalgamado de chistes, y firme. Firme, como la poesía que guardas en tu nuca y aún no te has visto a pesar de alumbrar tu aura. 
Para cortar esta madeja infinita de pestañas caídas sobre tu hombro desnudo, harían falta dos cosas: la primera, que tú no fueras tú; la segunda, que el amor no fuera el amor. Sin embargo, puedo decirte que este esplendente filamento no puede cortarse por una sencilla razón: el amor opera como amor, y me hace verte cada día más "transparente", es decir, que para mí, tú cada día eres más tú. Ergo: no puede cortarse.
En su lugar, es posible que juguemos a ser dos gatos con un ovillo de lana morada, y enredemos todos los lugares que existen en el planeta hasta ahora: Salamanca, Zaragoza, Gijón, Oviedo, Barcelona, Figueras, Londres, Cadaqués, Madrid, Logroño, Niza, Las Batuecas, El Monasterio de Piedra, Daroca, Dover, alguna playa perdida y silenciosa del Norte,...
Así pues, cuando por fin pueda vivir prendada al vello de mi cielo de pelo negro, este mundo será mullido y morado, tal vez políglota - el español, el inglés, el francés y el "pequeñismo" -, con cosas brillantes, muchos libros, algún sofá, una buena ventana, yogures, chocolate,... e infinidad de besos por todas partes del mundo, de la casa, de nuestros cuerpos.
Solamente te pido: no sueltes tu extremo. Yo beso el mío.  

Alicia en el País de las Maravillas

Casilla de salida

En aquellos tiempos me recordaste que las cosas de esta vida son sus nombres, y que las Alicias no pueden ignorar serlo. Me recordaste. Digo me recordaste, porque yo esas cosas las supe tiempo atrás, cuando medía la mitad y todo era más grande que yo, salvo las verdades. 
Con el tiempo todos acabamos en las mismas casillas de salida, sólo que no al mismo tiempo. Perderse en los comienzos es algo que me gusta hacer los viernes por la noche, cuando los bares hierven y las furias se desatan en la calle. En ese momento encuentro cobijo en la penumbra y acordes que me acunaron en los noventa vuelven a sacudirme los alientos. 
Para cuando dejamos de mirar hacia adelante también deberíamos poder mirar hacia nuestros pies. Sé que está alto, da vértigo mirarse, e incluso puede que algunos no alcancen. Sin embargo, es primordial conocer nuestra ubicación para tirar de las próximas cometas en la dirección contraria al viento. "Recuerda, - me dijiste- si vas en la misma dirección, no volarás". Como te decía, esas cosas las sabía de pequeña. 
Afortunadamente aún me quedan las noches, el morado, la purpurina, los dobles arcoiris, las marionetas de madera, el confetti, las alas de hada, todas las cosas capaces de rebotar, los hologramas, los palos prendidos que bailan en el aire, las estrellas fugaces, las caracolas con el mar dentro,... y mi caja de madera donde cabe todo eso y mucho más. Es una caja mágica porque, aunque la pierdas, sabes que aparecerá cuando la necesites. La encontrarás, la abrirás y sonreirás. Es así. Así de mágica es. 
Hace poco crecí. Hacía tiempo que no lo hacía. Me miraba a los pies y estaban más lejos que antes. Después miré hacia arriba, pero el cielo no estaba más cerca, tan sólo era más grande. Resultó que también era mágico, porque de repente me vi sonriendo.

El viaje de Alicia

Magia es lo que haces con tus pupilas negras, 
con el aire que levanta tu capa
para desvelar las casualidades que, 
mira tú por dónde, 
no eran tales. 

Si yo sueño es porque soy Alicia.
Si tú escribes es porque así debía encontrarte, 
cuando tomé la galleta y me colé por donde no debía, 
y nadé más de lo que se suponía, 
y dije más de lo prudente, 
y atravesé los bosques y los miedos, 
las oscuras sonrisas, 
las locuras fugaces, 
todos mis no cumpleaños, 

los reyes de corazones que no quisieron mi cabeza. 

En el corazón del bosque,
el viento levantaba tus hojas, 
las gotas esparcían tu tinta, 
tu pelo cubría tu faz
y yo sólo te sentía. 

Tu existir es como la Luna, 
como una nota de piano mantenida, 
el roce de una mano en la algarabía, 
un hilo prendido de mi aliento a tu nuca, 
sublime y eterno elixir. 

Cuando llegué al centro, nuevamente era diminuta. 

Un soldado se habría erguido. 
Tú, como buen príncipe, 
me devolviste a mi tamaño 
a base de versos y rosas. 

No me negarás que, sólo por eso, te deberé siempre ese beso.


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