Margaritas

Estabas siempre en la ventana.
Yo veía todos tus días,
hasta ésos en los que ni tú misma te mirabas. Adorabas vaciar tu verde por encima de las cornisas en Primavera. Después cantabas para las lilas de tu vecina y para las margaritas de todos nosotros.
Por aquella época llovían conciertos en la calle de tu ventana, y tú aplaudías sacudiendo sábanas llenas de amores nocturnos, puede que alguno verdadero.
Nunca, en todos esos trimestres de dudas y margaritas llegaste a verme. Por más que yo mirara, nunca supiste de mis ensoñaciones, ni de las medias sonrisas dedicadas sólo a ti.
Hoy vienes con un euro en la mano y me pides café con chocolate. Yo te dibujo una margarita con la espuma. Tú no la ves. Colocas la tapa. Vas a sentarte entre las margaritas.

La Primavera

Si vinieran todas las cigüeñas a buscarme,
acompañadas de una cohorte de cigarras y grillos,
seguidas de quinientas mariquitas, adoradoras de la Reina de las Nieves en retirada.

Si todas flotaran en polen multicolor,
adornadas con lirios del Rey Salomón,
a su vez en plena libación
a cargo de Su Majestad Abeja Reina y su séquito, claro.

Si junto a ellas acudieran a mi el señor y la señora gorrión,
estrenando sus gorjeos y el anual eco de su dichoso trino,
y depositaran sobre mis ofrecidos cabellos una mágica corona de margaritas blancas.

Si todas las amapolas se abrieran a mi paso,
al son de Vivaldi y en rendida devoción al Sol.

Si la misma Madre Tierra me hablase para anunciarla,
aún así, amor mío,
sólo la daré por comenzada
cuando nuestros cabellos,
tu azabache y mi dorado,
se hayan trenzado tanto
como nuestras almas.

Un solo día

Esos días, 
los que cargan la maleta
e inundan los armarios, 
ralentizan el paso, 
pues tornamos para la cordial despedida. 

Van pasando esos días, 
los espero, los temo, los deseo, los imagino, 
y pasan. 
Uno, 
otro, 
y el siguiente. 

Los días que irán a ser, 
ahora son, 
mañana diré que fueron, 
y siempre tendré la impresión de que nunca los viví. 
Cómo el mar salado entre los dedos,
como mirar una imagen y detener el tiempo, 
como besarte más rato para que no escapes, 
como las viejas bromas que resucitan risas, 
como tatuar letras y mirar al horizonte, 
como dejar eco y decirse perpetuo. 

Pero el error es inventar plurales, 
y no comprender que amanecí niña, 
almorcé adulta y me acosté anciana. 

Que hoy es todos los días, 
y te he encontrado a mediodía.
Acompáñame hasta la noche, 
nos iremos juntos a dormir, 
y yaceremos al final del día. 


Sin título

Son como cuchillas,
las primeras notas de esa maldita guitarra.
Vetusta Morla y tu condenada boca.

Me lo envías.
Te va a gustar, me dices.
Me encanta, te digo.
Música directa a la boca de mi estómago.

Una cuerda y otra empiezan a sonar,
vibran al tiempo y me cortan,
sangro y sangro en negro por los ojos,
negro salado.
La astucia de esa melancolía que nos destruye en la sombra
y nos da la vida al final de cada etapa.

Quiero más, te digo.
No te preocupes, mi vida, yo te doy más.
Gracias, mi vida.

Atenta al próximo derrame,
espero frustrada tu ternura,
la deseo, la espero,
me llega una guitarra y una de tus letanías.

Se me arrugan los labios,
desbordan los pucheros,
una cría sin rumbo,
una mente depravada que sólo quiere más leña
y un mar donde arrojar cenizas.

Verte y no tocarte,
oirte y no besarte,
sentirte... y tan sólo poder soñarte.

Te he enviado otro, me dices, te va a gustar.
Gracias, mi vida, enseguida lo escucho.


Maravillas

A tu lado flotaban las ideas, las flores, los sueños, los suspiros y los besos.

Yo veía todo eso,
y describía la vida,
desde el otro lado del espejo.

Quédate así, sin moverte,
yo te cuento las maravillas
que me enseñas cada día.

Al fin y al cabo,
para eso son las Alicias,
para encontrar maravillas,
¿no?

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