Alicia en el País de las Maravillas

Casilla de salida

En aquellos tiempos me recordaste que las cosas de esta vida son sus nombres, y que las Alicias no pueden ignorar serlo. Me recordaste. Digo me recordaste, porque yo esas cosas las supe tiempo atrás, cuando medía la mitad y todo era más grande que yo, salvo las verdades. 
Con el tiempo todos acabamos en las mismas casillas de salida, sólo que no al mismo tiempo. Perderse en los comienzos es algo que me gusta hacer los viernes por la noche, cuando los bares hierven y las furias se desatan en la calle. En ese momento encuentro cobijo en la penumbra y acordes que me acunaron en los noventa vuelven a sacudirme los alientos. 
Para cuando dejamos de mirar hacia adelante también deberíamos poder mirar hacia nuestros pies. Sé que está alto, da vértigo mirarse, e incluso puede que algunos no alcancen. Sin embargo, es primordial conocer nuestra ubicación para tirar de las próximas cometas en la dirección contraria al viento. "Recuerda, - me dijiste- si vas en la misma dirección, no volarás". Como te decía, esas cosas las sabía de pequeña. 
Afortunadamente aún me quedan las noches, el morado, la purpurina, los dobles arcoiris, las marionetas de madera, el confetti, las alas de hada, todas las cosas capaces de rebotar, los hologramas, los palos prendidos que bailan en el aire, las estrellas fugaces, las caracolas con el mar dentro,... y mi caja de madera donde cabe todo eso y mucho más. Es una caja mágica porque, aunque la pierdas, sabes que aparecerá cuando la necesites. La encontrarás, la abrirás y sonreirás. Es así. Así de mágica es. 
Hace poco crecí. Hacía tiempo que no lo hacía. Me miraba a los pies y estaban más lejos que antes. Después miré hacia arriba, pero el cielo no estaba más cerca, tan sólo era más grande. Resultó que también era mágico, porque de repente me vi sonriendo.

El viaje de Alicia

Magia es lo que haces con tus pupilas negras, 
con el aire que levanta tu capa
para desvelar las casualidades que, 
mira tú por dónde, 
no eran tales. 

Si yo sueño es porque soy Alicia.
Si tú escribes es porque así debía encontrarte, 
cuando tomé la galleta y me colé por donde no debía, 
y nadé más de lo que se suponía, 
y dije más de lo prudente, 
y atravesé los bosques y los miedos, 
las oscuras sonrisas, 
las locuras fugaces, 
todos mis no cumpleaños, 

los reyes de corazones que no quisieron mi cabeza. 

En el corazón del bosque,
el viento levantaba tus hojas, 
las gotas esparcían tu tinta, 
tu pelo cubría tu faz
y yo sólo te sentía. 

Tu existir es como la Luna, 
como una nota de piano mantenida, 
el roce de una mano en la algarabía, 
un hilo prendido de mi aliento a tu nuca, 
sublime y eterno elixir. 

Cuando llegué al centro, nuevamente era diminuta. 

Un soldado se habría erguido. 
Tú, como buen príncipe, 
me devolviste a mi tamaño 
a base de versos y rosas. 

No me negarás que, sólo por eso, te deberé siempre ese beso.


Si llego a treinta y cuatro

Si llego a treinta y cuatro 
me creeré mayor, 
me evaluaré, 
cuestionaré si acaso antaño fui mejor,
y si por ventura las hadas hicieron su labor. 

Para cuando tenga treinta y cuatro 
las arrugas abrirán mis ojos. 

Veré al fin las palabras por dentro, 
sabré leer la voz, 
tocar tu aliento, 
saborear la exquisita elegancia
de la curva en movimiento,
del danzar del girasol,
del volar de los sombreros,
del romper de las ideas,
y las ciudades desde lejos,
cuando partes sin maletas,
esquiva de los miedos,
ignorante de las metas, 
segura de tu cuello,
el único que vuelve 
cuando te estás yendo. 

Cuando acaben los treinta y tres 
desvelaré las azules montañas del verano, 
desbordaré lágrimas de hielo,
y olvidaré tu piel. 

Hablaré de música sin cantar una nota,
pintaré indeleble el aire, 
y sabré al fin a quién carajo votas. 

Cuando sea mayor que el profeta
encontraré la mirada que perdió la dama
cuando se le pidió un sincero posado
y miró hacia sí, 
apostada en su noble alma, 
perfumando violetas,
sosteniendo su moño, 
mudando en ella,
cantando en silencio,
provocando en él la plácida calma
del loco amor bullendo. 

Si no consigo todo esto,
aún habiendo treinta y cuatro abriles,
sabré que no estoy lista,
ni ducha, ni hecha, 
ni lista, ni necia,
sino hambrienta,
agradecida,
ávida de vida, 
arrojada, pero a salvo,
porque guardé las joyas
que perpetuas quedaron escondidas. 

Túes

Tantas veces he dicho "tú", 
tú, tú, tú, 
que ya eres mi ritmo. 


eres un latir, un mantra, 
una bomba interna que me aletea por dentro.


te mueves dentro de mí, 
creces, te expandes,
me revolucionas, 
me agitas y me llenas. 

Con tanto tú de ti, 
debo decir,
ahora y aquí,
que hay más tú que yo en mí. 

O quizá no hay que dividir...

Quizá te siento tanto así
porque seamos único sentir.
Porque seamos
nuestro principio y nuestro fin. 

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