De color negro

La noche que empezaron a gotear los canalones y a rebosar los charcos tú, el chico chino y yo estábamos en mitad de la Plaza, discutiendo sobre qué originalidad tiene vestirse de siniestro en la noche de los muertos. Las gotas nos llevaban un rato taladrando cuando decidimos refugiarnos en los soportales para dar vueltas arco tras arco como hace la gente normal.


A la altura del barquillero, que esperaba a que escampara, encontramos un señor que vendía paraguas. Compramos uno de esos por tres euros, con michochip de autodestrucción por pérdida, rotura o préstamo programado para tres días. Salimos del techado justo cuando las gotas apenas dejaban espacio al aire.


Al pasar por la cafetería de la esquina me vi reflejada, escondiéndome de la lluvia con mi paragas negro. Cuando miré dentro de la cristalera vi que había una mujer dentro. Ella se cubría el pelo pero la cara también, y con una tela negra hasta los pies. Sólo pude verle los ojos. Tiré el paragüas, el gorro, los guantes, la bufanda y abrí mi cazadora. Había que compensar aquella imagen.

Una tarde

Azulando cada vez más los ojos miraba hacia ella y miraba la lluvia, cómo castigaba la ventana. Eran ya bastantes días de desalojo de su mesa camilla, donde exponía las fotos de sus nietos. Sus rutinas eran sacramentos que la bautizaban cotidianamente y sin ellos se sentía perdida... La bolsa de agua caliente, la vela a San Antonio por las solteras que le daban pena, los rulos del armario rechinante del baño, la cómoda...


Llevaba varios días sintiéndose más incómoda que agradecida por la hospitalidad debida. De pronto se le ocurrió... Era el momento ideal:


"Helenita, cariño, ¿aquí en el ordenador es dónde guardáis el Internet?".


"Sí, tía".


"Y...si tienes un rato... ¿puedes explicarme cómo es por dentro?".


La tarde quedó hecha. La emoción de la niña: alguien esuchaba su afición con interés. La curiosidad de la anciana: por fin volvía a sentirse moderna. ¡Qué maravilla!


"Entonces, vamos a probarlo, tía. ¿Qué ponemos en Google?"


Su primera palabra en ordenador, tenía que ser significativa...


"Pon... ¡Eclesiastés!" -declamó con emoción.


La Wikipedia hizo el resto.

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