Uno mas

El galgo mira y derrama los párpados,
está cansado de ver cómo los demás no sabemos sino arrastrar los pies.
Yo miserable y él majestuoso.
Ahora come.
Al galgo le han atado por el cuello a la pata de la mesa,
en la misma terraza, inclinada justo un quince por ciento,
ruedan abajo pelotas que no persigue,
pierde el aliento que no gana y deja las orejas gachas.
Bosteza.
Calibra y espanta moscas agitando la cabeza en el vacío,
porque el galgo ya no tiene trabajo y come de vez en cuando chorizo en vez de pienso proteínico,
por eso sabe que nadie le apuesta, y que le llaman como a una vaca.
Su dueño, orgulloso, le acaricia detrás de las orejas,
las mismas que mueve para espantar moscas,
las que ya no retrae para evitar la resistencia del aire.
Se rasca.
Se siente elefante entre tanto cacharro, porque camina con patas hercúleas
que sólo son bellas entre sus iguales,
y sus valientes modales no valen para pasearlo por el parque.
Mea.
Se va a casa.

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