He vomitado, defecado, orinado, sangrado, llorado, moqueado, sudado y escupido todo lo que me dolía, me estorbaba o molestaba. Pero aún no sé cómo se me ha quedado el cuerpo. Sólo sé que estoy deshidratada y exhausta. Tanto, que aún no siento vacío alguno, tan sólo revoltura.
Voy del sofá a la cama, de la cama al sofá y como mucho al sillón, y pienso en el contraste que esta dinámica supone con respecto a mi modus vivendi habitual. Pienso en si volveré al mundo con otra personalidad, o si será la misma pero pulida, o si he cambiado definitivamente. Imagino lo que será volver a trabajar en una permanente tensión y me dan ganas de volver al baño. Me da vértigo en la boca del estómago, como cuando soñamos que perdemos el equilibrio.
Me imagino a mí misma en todas las vidas posibles, siendo actriz, escritora, funcionaria de prisiones, abogada, periodista, o simplemente profesional de la dolce vita. Paso así el rato. Mientras, las imágenes pasan por el televisor que tanto he olvidado estos últimos tiempos y que es capaz de anestesiarme la inteligencia como ningún otro aparato.
Me imagino a mí misma en todas las vidas posibles, siendo actriz, escritora, funcionaria de prisiones, abogada, periodista, o simplemente profesional de la dolce vita. Paso así el rato. Mientras, las imágenes pasan por el televisor que tanto he olvidado estos últimos tiempos y que es capaz de anestesiarme la inteligencia como ningún otro aparato.
Lo cierto es que es época de purga en todos los sentidos. Me debato entre el miedo a sentirme peor de lo que me he sentido, y también la ilusión por las posibilidades enormes que se me dibujan enfrente.
Alice In Wonderland está en obras señores, por tanto, si pasan por mí, póngase casco y tengan cuidado con empujar los andamios, trátenlos con cariño, por favor, queremos construir algo maravilloso.