
Al final, sólo encontré a un secundario de "Física o Química" y al Padre Apeles. Menos mal que los de provincias a veces apreciamos esas casualidades.
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Al final, sólo encontré a un secundario de "Física o Química" y al Padre Apeles. Menos mal que los de provincias a veces apreciamos esas casualidades.
Un camarerino puede ser la habitación, un cuarto de baño, incluso el coche. Allí me maquillo, me purgo cualquier tipo de residuo facial, ensayo muecas y posturitas, y tal vez echo el último llanto que me queda en la retina para volver de nuevo al escenario. El atrezzo cambia de situación, cierro, abrocho, anudo, remango, me lo quito, saco escote, meto barriga, suelto el pelo, lo recojo, cambio los zapatos, el salva-slip... Lamentablemente no tengo un verdadero técnico de luces y sonido que me acompañe en la actuación, nadie sabe lo indispensables que son hasta que llegas al espejo del ascensor a las 3 de la mañana cayéndose los párpados, los dos, incluso el que está abajo cae un poco más.
La diferencia está en si te sabes bien el libreto en cada momento. La obra ha de ser rápida, tener ritmo y aguantar la tensión dramática, no se puede perder comba. Contesto a la guarra esa, enamoro a ese chico tan morboso, ... No hay apuntador, te lo sabes o no, y no puedo evitar poner parte de mi estómago en cada papel que hago, el método, la personificación sincera, ...en realidad es todo auténtico. Y el público, es el más duro de todos, no abuchean ni tiran tomates. Son mucho más sibilinos, a veces vengativos y desgradecidos, al fin y al cabo no pagaron por verme. Sólo es una audición lo que me han concedido, si acierto con el director de casting, el guay de la pandilla, tal vez triunfe. Si no, siempre puedo ir trepando, de amiga en amigo, hasta que me vuelva uno de los guays, claro está, siempre que sea eso lo que quiero, de sobra se sabe que el éxito es flor de un día.
Una vez arriba tal vez puede que me quieran, o sea estrella efímera, tal vez me convierta en parte de la clá, de los hienas que ríen los chistes del abusón, o en la oficina, del jefe chungo que nos haya tocado.
A veces simplemente tengo ganas de guardarlo todo en perchas y salir por la puerta de actores para casa. Es verdad que la vida es puro teatro, pero cuando vuelvo a sentarme encima de ti, no hay mejor espectador que el espejo delante de la cama. Mucha mierda.
Cerré los ojos, incliné la cabeza, junté las palmas de las manos, entrelacé los dedos, apreté el culo, tensé el abdomen, y pensé:" Porfi, porfi, porfi, porfi, esta vez sí porfi, andaaa...".
De repente al fin, el señor del patio apagó el partido y cogió un libro. Se conoce que el berrido nutrido en burradas que le solté le causó sensación, y quiso aprender a insultarme en el mismo tono.