El grillo

Harto de mirar las puestas de Sol. Todos los días. A la misma hora. Sobre la misma roca me manchaba el trasero con el verdín del musgo. Harto de echar de menos. Harto del silencio y del único consuelo que recibía del mismo: el grillo, el pájaro, el follaje, el agua...Soniquetes que había dejado de valorar después de meses. Vaivenes sonoros fundidos conmigo y que no suponían más que otro resoplido lateral.

Adoraba mirar directamente al Sol, jugar con mi retina a simular la ceguera final. Me encantaba hacerlo durante varios segundos y súbitamente apretar los párpados, y luego lagrimear sin parar. Poco después volvía a escudriñar las lomas doradas de la Sierra, esta vez llorando. ¡Qué gran estampa la mía!
Imaginaba que alguien me filmaba o me fotografiaba. Con la languidez y la virtuosa pose que, observada desde la ajenidad, atrajo siempre tanto a los objetivos. 
El final del estío me dejó la vanidad como medio de entretenimiento. 
Pronto volvería a aburrirme sin dejar huella. 
Pronto echaría de menos el musgo. 
Y al grillo. 

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