¡Qué coincidencia!

¡Qué coincidencia!

Siéntense a meditarlo por un instante. ¿Saben por qué hablamos del jinete que cabalga hacia el Oeste, en pos de la puesta de Sol? Muy sencillo, sigan los razonamientos.

Nuestra mamá Tierra gira alrededor del Sol en horizontal, vamos, lo que llamamos el movimiento de traslación. Pues bien, resulta que referido movimiento coincide con el movimiento de rotación, que no es vertical (sigamos imaginando el plano), sino también horizontal. De esta manera, el Sol sale por el Este y se pone por el Oeste. Si ambos movimientos no coincidieran, los puntos cardinales donde se producirían tanto ocaso como aurora serían Norte y Sur, o Noreste y Sudoeste, o Noroeste y Sureste…No obstante, de todos los trillones de posibilidades existentes se ha dado ésta. De esta manera, el Sol nunca apunta directamente a los Polos, y de esa forma, ambos están congelados y contrarrestan los cálidos climas ecuatoriales.

Pues bien, algunas arraigadas teorías afirman que la inclinación de lo polos fue provocada por la colisión de un astro de dimensiones enormes, (cerca de la mitad del globo terráqueo) con nuestro humilde planeta, y un despojo suyo es nuestra amiga Luna. Es debido a ello que al girar la Tierra de manera oblicua alrededor del Sol, y según su ubicación en su trayectoria elíptica, se producen las diferentes estaciones.

Tras todo ello nos encontramos con una casualidad. Al producirse un eclipse, la circunferencia del Sol, combinada con la distancia y con la circunferencia de la Luna, generan una perfecta corona de luz, tan etérea como el momento que dura. ¿No es una coincidencia espectacular?

Además, por una azarosa imperfección en la continuidad de los hechos naturales, se creó tal combinación de elementos que dieron lugar al hidrógeno, el oxígeno, sus posibles combinaciones, y, tras una milenaria evolución, las primeras especies vivas.


En un Universo cuyo contenido desconocemos (sí, señores, no conocemos lo que en él hay, ni tampoco lo que no hay), se ha dado una situación casi imposible. Sin embargo aún cabía una posibilidad. Se dio la vida. Las Estaciones. La inteligencia. El dominio del fuego.

En este peculiar planeta, se ha dado una realidad completamente remota, impredecible. Lo que ocurre es que, desde aquellos albores de la historia de nuestro abollado planeta ha ocurrido infinidad de transformaciones (no siempre hacia adelante). Tantas, que en ocasiones sólo la conciencia universal es capaz de recordar que al Universo le ha costado mucho concedernos un paseo por el parque, una cena a la luz de las velas, una discusión bajo la lluvia, una mirada fugaz en el metro, una tortilla de patata como la de abuita, una guerra atómica, un tiesto en mi despacho, una tocata en el piano,…

AIW – 16/10/2007


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