De cómo no ser Sinead O'Connor

El hombre es el único animal racional, y al disponer de raciocinio, es capaz de crear ideas... y matar por ellas. Puede que no le sea necesario matar en honor de ellas para defenderlas, pero sí quedar en ridículo, discutir, mutilar,... Ideas cuyo máximo grado de sublimación hace que éstas se perpetúen en el estado intangible e incluso inefable, y aún así se las crea ciertas.


El ejemplo más evidente de idea no tangible, pero al mismo tiempo desencadenante de un sinfín de realidades inmediatas es la creencia en un Dios. Un ser supremo, un ente, un culmen de belleza, bondad, generosidad, abnegación,... Una idea maravillosa en su primigenio estado.


El hombre cavernario busca la maravilla de las maravillas. Al descubrir que ésta no existe en su vida, puesto que todo lo bueno tiene su malo y todo Yin tiene su Yang muy próximo, hace surgir consciente o inconscientemente la idea de que ese resplandor sin contrario se encuentra una vez muerto, cuando descansa después de toda una vida de lucha.


"Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo" reza el epitafio de D. Miguel de Unamuno. El hombre que se debatió toda su vida entre la fe y la razón, y que sembró esta duda en piedra. Puede que fuera una duda que reside en el alma de cualquier hombre, y que se acreciente ante la adversidad y el desencuentro que proporciona la sola existencia.


La religión cristiana católica se ha propagado más que ninguna alrededor del globo, y es predominante en la cultura española, en su imaginario y en volumen de sus feligresías. Sirva pues de ejemplo inmediato de lo que aquí exponemos.


Sin embargo, del ejemplo generalista es interesante pasar a la casuística de este credo que yo profeso y que recientemente me sienta cara a cara con mis contradicciones entre la fe y... el descrédito de esta confesión.


Nutro el vasto número de católicos que se declaran "católico no practicante". Formamos una población numerosa, al igual que numerosas son las razones que proporcionamos tras esta proclamación ambigua de creencias. "Creo en Dios pero no en la Iglesia", "yo creo que hay que legalizar el preservativo", "discrepo con la Iglesia en muchos aspectos", "la eucaristía en España es de una solemnidad que adormece", "menos tesoros vaticanos y más alimentos y escuelas en países pobres", "no quiero pertenecer a una Iglesia que emplea pederastas"... Estos "top hits" del colectivo inconcreto al que pertenezco transcurrían sin pena ni gloria por mi vida, mientras mi indefinición se convertía per se en un estado definido.


Un día cualquiera me encontraba en una ciudad cualquiera con unas personas cualesquiera encendiendo un canal de televisión cualquiera. Entonces descubrí que ya no podía eludir mi opinión por más tiempo. Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, hablaba a las juventudes del mundo (los JMJ) con voz alta y firme, la misma que había proyectado por escrito en varios libros y miles de periódicos, y que yo había ignorado deliberadamente.


Mi supuesto líder espiritual manifestaba sin lugar a "top hits", que no es posible mantenerse en la fe católica en soledad, y que es necesario acudir a la Iglesia con periodicidad mínima semanal. A continuación, derruía otra duda: desaprobaba rotundamente cualquier tipo de relación prematrimonial. Ambos aspectos, el no acudir a misa semanal y el mantener relaciones prematrimoniales, eran inexcusablemente contrarias a la fe católica, sin margen alguno de interpretación, y bautizado todo ello con una exclusión de todo este batallón de CNP (católicos-no-practicantes).


No importa que actualmente casarse (en caso de desearlo) no se haga hasta los 30 años de media, edad en que se dispone de un trabajo digno correlativo a la titulación y que permite la creación de una familia desde el punto de vista económico (no primordial, pero sí muy importante). No importa que la celebración de la eucaristía consista en un rezo monótono y unilateral en el que no se proporcione consuelo ni apoyo ni se cree un verdadero vínculo en cada comunidad parroquial. No importa el deseo que todos los que nos consideramos "de buena fe" (término nacido de la "bona fidelis" en el derecho romano, pero que aquí añade un doble sentido perfecto), nos estemos devanando los sesos para buscar el crecimiento personal, el desarrollo interior, el reparto de bondad y la comunión con los que nos rodean y los que una vez nos rodearon, todo ello sin la obligatoria guía que cada pastor ha de propocionar a sus ovejas.


En resumen, yo creo, quiero pertenecer y ejercer, deseo participar, comulgar y rezar... pero Su Santidad no me admite... ¡No nos admite! Al que se encuentra al lado, igual que yo, pero que sí cumple con los ritos, por muy inútiles e hipócritas que resulten, por muy satanizada que tenga el alma y muy afilados que tenga los colmillos de la envidia, a ése sí se le permite unirse al "kumbayá". A mí no.


Debí haberme casado con aquél buen chico que sin embargo no me amaba en absoluto pero que me desvirgó. Debía haber procreado con él toda una saga de hijos no deseados en el orden natural que el método ojino nos implante, y al mismo tiempo confiar en que su menoscabada vena progre me permitiese desarrollar una carrera profesional e intelectual, bajo la batuta de la colaboración y el reparto equitativo de tareas en casa.


Llegados a este punto de exaltación evidente, sentada en el sillón y meditabunda me pregunté acerca de quien me prohíbe pertenecer a la comunidad católica.


"Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia" (Mateo 16, 13-20). Palabras de la que se escribió, la que se interpretó, del inicio de la práctica católica. Nada decía del método de elección posterior. Como todo este relato, una exposición lacónica dio lugar, como en cualquier ideología, a la prostitución de la bella y perfecta idea original. ¡Ah!...¡Las ideas!...


Persecuciones, Concilios, cesaropapismos, Papas "negros", incluso una mujer en el puesto, asesinatos, concubinatos, jerarquías impuestas,... nadie dijo que la Iglesia debiese albergar en su método de selección de personal un sistema democrático. De acuerdo. Sin embargo, la pregunta sigue ahí ¿de dónde proviene la legitimidad de quien ostenta el liderazgo espiritual de la Iglesia? De seminarista a sacerdote rural, de ahí a obispo, arzobispo, cardenal, ¿qué es lo que impulsa la carrera eclesiástica? ...Y mucho más importante aún, si sólo él dicta los dogmas, y la procedencia de su relevo en el mando cuenta con orígenes tan oscuros... ¿quién es él para prohibirme seguir perteneciendo a la Comunidad eclesial?


Podría decírseme que no debo pertener a una comunidad en la que no se me quiere, y sin embargo, yo sí que amo al Dios que es amor, que todo lo perdona, que exige bondad e inocencia, sacrificio y generosidad. También podría decir que no creo en ningún caso que toda esa carga positiva en mi personalidad se dejase vencer por no ir a una misa que no motiva y mantener fabulosas relaciones extramatrimoniales.


Puedo decidir abominar de ésta, mi religión, mi Iglesia, y quemar la foto de mis Santos favoritos. O puedo hacerle concesiones en base a la realidad, como que, al estar compuesta por hombres, no es perfecta, y que por ello tiene graves fallos: poner obstáculos absurdos y anacrónicos a buenas personas creyentes, retractarse muy tardíamente de sus errores históricos... etc.


No quiero ser Sinead O'Connor, debe ser muy fatigoso, no estaría en la Iglesia que deseo estar,...además, el pelo rapado me quedaría fatal.

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