Quién decide

Yo decido. Malinterpreto tus palabras a posta, las tergiverso y te vuelvo loca para provocarte y que montes en cólera. Luego me hago el loco y pergenio alguna broma sarcástica que logre sacar de ti la peor versión de tu persona que pueda imaginar. 


Yo decido. Te miro con ojos candeales y recorro tu rostro como si al tiempo la acariciara con la ternura de mil narcisos despedazándose al roce. Para cuando quieres echarte en mis brazos sólo esgrimes ronroneos y escenas de dulzura irrepetibles. 


Yo decido. Decido no hablarte cuando me preguntas qué me pasa, decido contarte, tras mucha insistencia por tu parte, algún trauma infantil que es igual que todos los que se relatan en los manuales psicológicos, pero que, por el hecho de narrarlo yo, te parece único. Decido que esta tarde tú vas a ser mi terapeuta, porque sé que no te puedes mantener al margen.


Yo decido hasta qué punto quiero contar con tu compañía. Decido que vas a esperarme. Decido que hoy toca silencio. 


Ahora tú, querida madre, sí, ahora tú decide si vas a cambiar el testamento y desheredarme. 
Decide si acaso no soy más que un hijo caprichoso al que ofrecer amparo, o si tal vez soy apenas un alma perdida de aquéllas a las que Herodes permitió engendrar descendencia.  

El sentido

Vivíamos en la penumbra que sólo otorgan los relojes parados.
Mientras el sol tejía y destejía tras la ventana
el tapiz de nubes que sólo descifra quien sabe soñar.


Y el perro no ladraba.


Bebíamos de la sombra que guarda dentro cada armario.
Al otro lado del cristal los patos querían ser cisnes
y nadaban hacia atrás,
hacia los desasosegados quince años.


Y el gato no se lamía.


Volábamos sin alas a ras y en mudas miradas.
En la calle las Iglesias cambiaban de color y empezaban a pinchar. 


Y el vendaval era sólo de viento.


Nos despedimos del olfato, la vista y el tacto.


Y la palabra lo gobernó todo. 

Ciudad de Piedra 08-06-2012


Bulle, convulsiona y se derrama por sus calles.
Una tarde cualquiera explotaron las puertas de los hogares
y cada paisano salió a la calle.
Desde entonces se expande por los baldosines, sin posibilidad de vacío.
El goteo de almas y miradas alimenta la voracidad de las terrazas.
El pintor callejero sigue grabando cada muro.
El mobiliario urbano cobra su sentido,
Los caminantes se chocan con sus prisas.
Bongos, quejidos telefónicos, tunos y despedidas de...adiós...

Dentro de los muros, en el útero de la Ciudad de Piedra, la Verdad sigue siendo atronadora.

Ella, ajena, sigue gestando.
Ella sigue creando pretéritos,
al ritmo del libar de las abejas,
oscura como Sus entrañas antes de abrirlas.
Su sosiego: escalofriante.
Su eternidad: insomne.
Late rotunda.

Yo me siento en Su piedra.
Coloco una mano sobre otra.
Cierro los ojos.

De margaritas y botellas

Por José Antonio Gutiérrez Caballero


¿A qué huelo? ¿En qué lodazales me he revolcado?
¿Con qué me ensucié todos estos años?
¿Acaso queda algo limpio en mí?

Nadie se dió cuenta de mi prístino talón de Aquiles.
Tropezaron con él una y otra vez.
Hoy es el día en que lo tengo roto de tanto mostrarlo,
de tanto presumir de talón limpio.

Me pregunto si repartí bien las cartas, si a todas les puse franqueo,
o si tal vez equivoco el destinatario,
o acaso las mando como botellas en procesión acuática y titubeante.
Me pregunto si acaso no he enviado margaritas dentro de las botellas.

Si acaso las margaritas han sido devoradas por cerdos,
o si simplemente se las llevó la marea de besos, de pechos, de lechos, de roces deshechos,...

Me pregunto si me queda alguna primera vez, o si ya gasté el bono.
Me pregunto quién eres tú,
que avanzas insinuante y colocas tus pezones en mis ojos,
al tiempo que te peleas con mi cinturón.
Me pregunto si eres tú la anónima que recogió mis margaritas en silencio.

Me pregunto si en tu almacén de braguitas mojadas conservas un botellero
con margaritas de diversas cosechas.
Si por las noches sacrificas botellas,
o si simplemente las clasificas y las guardas .

Me pregunto si...

si esta margarita única y raquítica que me queda en el regazo
va a yacer para siempre sobre mis piernas,
o si es la única que entregaré en persona
a su legítima destinataria:
a ti, mi Sirena Recogebotellas.

Dibujar en la arena

Son así las cosas de verdad, las que dejan poso, las que arañan la boca del estómago.
Son así, igual que las azarosas moléculas de agua que a veces cazo semidesnudo en la orilla.
El hecho cierto es que me paso la vida desesperado por cazar sensaciones al vuelo, fotografiarlas, escribirlas, poner puertas al campo y hacer jardines en medio de la selva. Busco ser omnipotente y creer que el paso del tiempo del que tanto se dolía Machado no es más que una excusa para otros maniatados a las manillas del reloj manido. 

Pero no, el tiempo me quita la razón. El tiempo me retira las experiencias y me las vuelve a cubrir de arena, como si no hubiese nunca dibujado con mi dedo ningún nombre, ningún castillo de naipes acuosos y salinos. El tiempo se desploma sobre mi cabeza cada vez que cierro los párpados. Me dice que un día más ha transcurrido desde aquéllo que vivimos desaforados y en comandita, compartiendo y bajo conjunciones astrales irrepetibles, drogados por la fortuna, parpadeando en un morse destinado a no verse reproducido de nuevo.

Tengo tanto miedo de instalarme en este miedo y empobrecerme de poco en poco.
Tanto miedo de ennegrecerme los dedos con las hojas del calendario.
Tanto miedo de comparar...
Tengo tanto miedo de que lo que vivo no sea real, sino sólo una percepción, un deseo de vivir algo bello y permanente, algo que sea indeleble y pueda recrear cualquier domingo mortecino por la tarde.
Tengo tanto miedo del tempus fugit...

Sin embargo la arena en la que dibujo es la que llena los relojes, la que da sentido al futuro, la que hace valioso cada instante. La arena es la única con la que puedo construir castillos semidesnudo, la única que se queda entre mis dedos

No quiero repetir secula seculorum una vida de cuento de hadas en la que todo sea de azúcar y por tanto todo lo mismo...entonces, ¿qué carajo quiero?

Quiero vivir despierto, consciente de cada paso que doy, de cada paso que das cerca de mí, conciente de cada latido y cada aliento, no quiero perder detalle de cada suelo que se me mueve. Deseo ser sensible a los reclamos de la intuición cada vez que me apedrea la nuca. Deseo pisar fuerte en la arena de la playa una y otra vez, tantas veces como vengan las olas. Así, cuando llegues, verás cuál ha sido mi sendero y al menos podrás decidir si seguirlo, si reinventar nuevos dibujos en la arena.

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