La Dama

Escalofrío y Muerte recorren mi espalda al paso,
se coordinan entre sí,
y compiten para llegar primero a mi nuca.

Anoche soñé con Ella,
me miraba a los ojos y me comprendía,
"porque las dos somos mujeres", decía,
y yo callaba.

No vengas a buscarme de día,
porque eres seductora,
y pretendes a los que son como yo,
los que vivimos en blanco y negro
y soñamos a todo color.

No vengas, te pido, con el alba,
que aún me queda todo el día
y deseo inflarlo de color.

Y a la tarde,
cuando te sienta detrás,
cuando te confunda con otro escalofrío
y sólo acierte a cubrirme la espalda,
procuraré sentarme donde siempre,
frente a frente con el Sol de poniente,
para que me infle de colores,
para que Tú me perdones por hoy,
para que bajes de mi nuca,
para que marches en paz,
para que sólo muera este día.

Mi propia escala

Que lo digan en todos los rincones, 
que es a Ti a quien canto. 
En Do, en Mí y en el Sol, 
cuando llegue. 

Yo no quiero vivir en las miradas, 
yo vivo en cada inspiración, 
que entra, me alimenta, se colorea
y despide morado tornasol en cada son. 

Si sólo quedase un día en la Tierra, 
un día para compartir los dos, 
si supiéramos lo que nos espera, 
y ese día nos destinara muerte. 

Si la muerte acechara como acecha, 
y nos surcara el gesto con horror, 
si tras el día esperara la tumba, 
sabría qué hacer, mi vida, mi Amor. 

Volcaría entero mi último aliento, 
llenaría al máximo mis pechos, 
con vida, risa y cada tormento, 
con cada nudo de garganta; 

llenaría, te digo, la guitarra de mi cuerpo, 
la flauta de mi cuello, 
el tambor de mi tripa,
las castañuelas de mis palmas, 
el violín de entre mis piernas, 
y el silbido de pupilas...

...y lo soltaría por mi boca
como marea imparable de emoción salada, 
de heroica bravura e insondable ternura. 

Escucharás entonces esta boca
y sabrás que es la mía,   
la que te ama y te desea, 
la que te llama y te agradece, 
la que se frunce a la tristeza 
y se despliega en tu risa. 

Así haré, mi vida, mi Amor. 
Así sonaré. 
Te lo digo, alto y claro, 
te lo digo y tiemblo, 
pero no hay dudas:  
¡Sonaré toda la vida! 
Hasta que me muera, 
hasta el momento en que no disponga del aire de mis pechos,
ni de una boca con la que besarte tras ser música. 

Sin título

Cándida es tu risa de cristal, juguetones son tus párpados, 
que se conjuran para atraerme 
como polilla a la la luz. 

Aún así, seamos quienes seamos, nos reinventamos, 
yo en ti y tú en mí, distintos en cada verso liberado. 

Apaga la luz, 
volvamos a la almohada
y sigamos disfrazándonos, 
yo de tu sueño y tú del mío. 

Martes

Camináis machacando la Tierra, 
yo os veo y morís, 
primero por dentro, lentamente, 
y al fin por fuera. 

Camináis derrochando vida en las cunetas, 
en la vereda de cada rastro, 
sin mirar vuestro suelo, 
sin hablar con quien habláis, 
sin oler lo que inhaláis, 
ni siquiera estando donde estáis. 
Y todo huele a verde oscuro. 

Camináis y yo muero viéndoos, 
queridos odiados nocturnos. 

Lo peor es no poder levantar la lágrima 
que sólo sabe caer, 
igual que la cabeza, 
que los pechos y los párpados, 
con una gravedad corporal que viene más allá de la terrestre, 
pues si de verdad fuerais terrestres, 
queridos odiados, 
sabríais llegar al martes sin derribarme. 

Casi peor es veros cerca, 
tan cerca que estáis conmigo,
con el mismo trasiego y la misma 
Madre. 

Fogonazo

Lo vi todo en un destello,
me desvelé y quedé ciega de luz,
como cada negativo
de mi rugosa caja de madera.


Sí, cariňo,
La cámara se desgasta.
El mismo botón que aprieto
diariamente,
día a día,
a diario,
cada
día...

A la mañana se despereza:
y funcionar,
y captar nuevas luces,
una a una y como se merecen,
sin dañarlas,
sin dañarme, al menos no en público.

Abro y abro el objetivo, doy en su tope,
sabiendo que todo tiene fin,
que las recámaras se acaban,
que el pulso se debilita
y tuerce la imagen.

Quemada por truenos pasados,
por neones tempranos
que aseguraban no ser fatuos,
y sonreían de espaldas.

Así llegó mi lente cansada y descreída,
nublada,
queriendo mirar al Sol a la cara.

Pero no puedo,
esta bella luz hace doler,
me traiciona,
me hace llorar.

Esta noche saqué mi pañuelo,
tomé asiento y limpié bien mi álbum:
el blanco desapareció hace tiempo.

Esta mañana tenderé el pañuelo,
penderá y despedirá la sal seca y rugosa,
la que queda cuando el agua bendita se esfuma.

Sólo el Sol
devolverá la blancura.

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