Hacia adelante

Hacia adelante,
sin mirar hacia la izquierda, donde está ella, 
ni a la derecha, donde aún sigue él. 

Sólo se puede vivir mirando al frente, 
de vez en cuando la mirada baja
a la que siguen los renaceres. 

Pero presta cautela, 
en ocasiones el camino se desdibuja
y se funde con el de él y ella. 

No puedes pararte, 
no ves, el suelo se desdibuja
y crees dar pasos ajenos, 
incluso crees desearlos. 

Vuelve, intrépido, vuelve al sendero
por donde tus huellas te siguen
sólo a ti. 

No le mires, no la mires, 
sólo, de vez en cuando, 
deja caer tus suspiros para tomar impulso. 

Si labras cada pisada por ti mismo, 
si sudas la vida a cada aliento, 
si vives en tu piel sin ansiar la de otros, 
te harás dueño de tu destino. 

Sin título

Sueño, contigo, conmigo, con los árboles que nos rodean y los edificios que los tapan.
Los robustos ramajes que un día me cobijaron y alumbraron las flores que aún huelo.
Para encontrarlos sólo cierro los ojos,
respiro hondo y sigo el hilo de una flor:
la que yace en el río y da paso a otra nueva,
la que nace y nace.

Vuelvo a la fuente de la que todo parte, lo hago, poquito a poco, a trompicones, empujando los edificios que tanto me estorban, tapándome la nariz cuando huelo el amianto.
Levanto un dedo cuando encuentro el rastro y después sigo adelante.

Hoy sólo caminé dos pasos hacia ella.
Pero caminé.

La imagino silenciosa y bella, comienza a marchitarse, pero está ahí.
Me llama.
Aguarda, vida mía, aguarda, ya llego.

Puede que no llegue a tiempo, puede que para entonces no sea la misma que olí en el centro de la ciudad.
Pero estoy segura de que habrá dejado un bello rastro, y otra nueva naciente en su lugar.

Aguarda tú, entonces, jovencísima y tierna de color blanco.
Cuando te encuentre no te tocaré,
sólo aguardaré a tu lado a convertirme en tu compañera.

Así fue mi origen.
Así deseo caer.

Brisa de junio

Me gusta ir a la ferretería de mi calle y decir que no tengo prisa, dejar pasar a los que sí la tienen y esperar. Me camuflo con la columna y veo al señor ferretero buscando entre las cajas de cartón, que alojan palabras desconocidas en su lomo. Observo a este zahorí de destellos dorados y plateados buscar de penumbra en penumbra. Objetos desconocidos, inefables, tesoros brillantes que integran nuestros bolsillos de pequeños y ensamblan nuestras vidas de mayores. Eso me gusta. 
Me gusta tener sueño y que todo me inspire, embriagada en bostezos y dulces lágrimas saladas.
Me gusta tener sueños. 
Me gusta cada nueva flor que vive en mi casa y bebe de mi agua, y nutre mi olfato y alivia mis ojos, y da sentido a mis manos cada vez que toco su tierra. 
Me gusta decirte que te quiero, siempre por primera vez, sabiendo que cada palabra pugna por salir y no puedo acallarla, porque, de no florecer, arraiga en mí y carcome mis sentidos. Así que, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero... 

Si cada día en esta vida hiciera todo lo que me gusta, si viviera en un ciclo eterno de fugaces e inabarcables éxtasis , si supiera que los miedos no son más que guiones no representados y saliera a la calle reviviendo cada uno de los sueños que acunó mi inconsciente, un día daría la vuelta sobre mi ser y me vería tal como soy, envuelta en flores, sueños y brisa de junio, salpicada de polen blanco, con la falda al vuelo, los brazos en alto y el eterno nudo de la garganta deshecho en hebras maravillosas ondulando al sol de cada ocaso. 

Ese día volaré. No se lo digas a nadie, pero ya me están naciendo las alas,... y las plumas son preciosas. 

La primera frase

Toda una vida de pasos entrecortados, 
como cada risa y cada llanto que jalonan. 
Cada epifanía convertida en furtiva lucidez, etérea, 
desvanecida al volver cada lunes. 

Un suspiro noctámbulo que devuelve al estómago 
la noción de órgano palpitante que es. 
Un inflado de pecho obligado y punzante, 
que me convierte en otro ser deseoso más. 

Cada vuelta que doy en derredor tuyo 
me siembra esperanzas.
Y despierto, 
sobresaltada, bombardeando miradas al reloj, 
preguntándome por qué sus números no encajan. 
Porque son números, me respondo, 
y están así ideados, 
para dejar paso a las letras. 
Letras que hoy dibujo 
y van directas a crepitar en mi magma. 

Toda una vida, te digo ahora, 
para perder brújulas. 
Busca, me dijiste, busca y llega. 
Señalabas con el dedo indice 
de quien viene de allí 
o de quien quiere salir de aquí. 

Pero el laberinto es engañoso, te digo ahora,
hay conejos con relojes, 
pétalos que flotan en direcciones 
tan prometedoras que viro en cada esquina. 

Este camino se revela único cada día, 
pero cada día, con el trino del primer vencejo, 
arrugo el papel de la anterior noche
y vuelvo a la primera frase:
"Toda una vida de pasos entrecortados, 
como cada risa y cada..."

Busca, me dijiste. Busca y llega. 
Yo camino, troto y repto. 
Rodillas, nudillos y codos en unísonos sangrados 
que se jalean al son del mismo guerrero. 

"Con mi paso y mi luz", 
con el cayado blandido y la barbilla en horizontal, 
basculando con la otra mano, 
el hatillo ligero pero acertado. 
Cada día. 

En la penumbra he escondido los restos del sueño anterior, 
los escondí bajo la cama, donde maceran todos juntos. 
Colores de guerra y vuelta a las quimeras. 

¿Cuál será hoy? ¿Lo sabes tú acaso?
Las once primeras eran de natillas, 
pero llegados el vodka y el sandwich de miel, 
cada intento no era más que un sucedáneo. 

Soy más vieja que tú. Seas quien seas. Lo soy. 
No tienes nada que enseñarme, lo siento.
Te crees abanderado de mi sino, 
pero sólo lo eres del tuyo, 
y eso no me sirve. 

Busco, busco y ansío llegar. 
El camino, dicen. 
Pero mis pies se rebelan, 
ya no quieren seguirme, 
y he vuelto a la ciudad, 
al mismo banco de cuando los filetes mal fritos. 
A mi alrededor flota
el aliento de quienes encontraron mirra. 

Anoche soñé que por fin encontraba 
después de muchas, muchas, muchas vueltas, 
mi propia cola. 

Sin título

No oler es como no sentir, y para mí, no sentir significa, con sensación de deshonra, no ser.

Parece que el grueso de mi memoria y del erizado de mi vello son avivados por el sentido del olfato. Después de extirpada mi pituitaria me he vuelto cartón piedra, figurante ante tus párpados, una verdadera actriz ante cada escena. Ante los fogones, tras la puerta del baño, en la penumbra de la cortina... Doy pasos falsamente dubitativos, dibujando a posta las huellas en el suelo para que parezca que avancé a cada pisada, para que sigas la historia de amor tras de mí, pero sin mí. En el fondo pienso que en esa esquina, donde mi vista no alcanza, tras la peonza, el casco de moto y la banderita de Asturias, hay una cámara oculta. Todo esto no es más que un espectáculo, y yo me vuelvo diva de mis propias miserias. Arrastrándolas y pretendiéndolas hacer bellas para que al menos tengan un sentido.

Las miserias, te digo aquí y ahora, son todo aquello que nos despierta del sueño. La primera vez desperté con un "No, porque lo digo yo". No recuerdo las siguientes, no las recuerdo porque ya parece que se escriben solas, sin mi supervisión, y nutren una biografía no autorizada que alguien debe estar escribiendo en otro blog, en otra realidad donde yo no sea economista, ni sepa de tramoyas.

El despertar de hoy consistió en un estornudo y un pañuelo tieso. Ahora sigo despierta, lamentablemente despierta. Y no sueño. Cierro los ojos y no sueño. Recuerdo y no consigo llegar al trance que me hace volar. Esta miseria sí que está siendo grande, como la nube que hoy quebró sus fauces sobre mi cénit.
Pasarán las nubes, dice el señor de corbata y mando a distancia. Pasarán y dejarán dinero en los campos y comentarios en la boca de los viandantes. Pero el olor no es el mismo antes y después de pasar cada nube. Aunque esto, como te decía antes, no lo sé, ya que sigo sin olfato.

Te miro, levanto el petulante índice, arqueo una ceja y aseguro en actitud osada que algo sí sé, a pesar de mi nariz acartonada: no soy la misma que antes de llover. No sé si ahora se me han bajado los humos, y he dejado de arder, o si al contrario, me arde el alma a través de estos dedos que teclean. Tic tac tac tac tic. Qué rápido escribo ya. Como si hiciera falta hacerlo tan rápido en cada ocasión. Cuando quiero ir más lento me cuesta. Debo hacer un acto consciente de deceleración, y me veo absurda. Tic.....tac..... tacccccc...
Decaen las teclas y caigo yo detrás. Mirándome sólo los nudillos, preguntándome si algún día los rascaré contra una pedregosa pared con algo de musgo mientras camino rápido hacia algún horizonte.
En ese caso, ¿qué son estas teclas? ¿Un entretenimiento? ¿Una práctica de mecanografía? Tal vez sean un paso previo a destrozarme los nudillos.

Si esto fuera necesario los convertiría en pura sangre desencajada desde mis huesos. Si tuviera que quedarme sin nudillos, sin rodillas, sin codos... Todo eso lo arrojaría aquí y ahora contra esa pared. Buscaría una pared así por cada jardín parisiense. si fuera necesario. Todo, digo, con tal de llegar al punto previo, al principio del arco iris que llevo buscando durante todo el largo de mi cabello.

Me dijiste que tú darías el alma por descubrirme ese principio y ese fin - son lo mismo - pero veo que no puedes, porque soy yo la buscadora, y la que debe encontrarlo. Soy yo, yo la que nació un viernes. y lo siguiente que recuerdo es una tarta con tres velas y la pata de una cama. No quiero señalar a nadie, pero justo en ese momento llevabas cuatro días levantando el índice.

El índice, uno de los que ahora dibujan mis miserias, me dice que, con el tiempo, las arrugas borran mi identidad, porque la surcan y la reconfiguran. Me identifico con nuevas rojeces de nariz y de ojos, y sigo frunciendo el ceño, conteniendo hipidos porque no lo encuentro. ¡No lo encuentro!

Buscar es un tormento que no he conseguido aprender a abandonar. ¿Lo sabes tú? Quiero abandonar la búsqueda. Relajarme y disfrutar mientras mis pies cuelgan del tejado. Dejar de mirar hacia abajo y de avisar de mi proximidad y fijarme en la belleza del cielo que me contiene. Sí: lo que ya sabías. El cielo comienza a partir del término de nuestra piel, a partir del aire que nos rodea. Y no termina hasta que termina el alcance de nuestra vista. Ya está. Una pista más, y no he necesitado buscar para encontrarla.

Tal vez algo haya aprendido después de tanto viajado alrededor del Sol.

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