Fogonazo

Lo vi todo en un destello,
me desvelé y quedé ciega de luz,
como cada negativo
de mi rugosa caja de madera.


Sí, cariňo,
La cámara se desgasta.
El mismo botón que aprieto
diariamente,
día a día,
a diario,
cada
día...

A la mañana se despereza:
y funcionar,
y captar nuevas luces,
una a una y como se merecen,
sin dañarlas,
sin dañarme, al menos no en público.

Abro y abro el objetivo, doy en su tope,
sabiendo que todo tiene fin,
que las recámaras se acaban,
que el pulso se debilita
y tuerce la imagen.

Quemada por truenos pasados,
por neones tempranos
que aseguraban no ser fatuos,
y sonreían de espaldas.

Así llegó mi lente cansada y descreída,
nublada,
queriendo mirar al Sol a la cara.

Pero no puedo,
esta bella luz hace doler,
me traiciona,
me hace llorar.

Esta noche saqué mi pañuelo,
tomé asiento y limpié bien mi álbum:
el blanco desapareció hace tiempo.

Esta mañana tenderé el pañuelo,
penderá y despedirá la sal seca y rugosa,
la que queda cuando el agua bendita se esfuma.

Sólo el Sol
devolverá la blancura.

Ellos y el Sol

En mitad de la explanada fueron a encontrarse.
Se veían desde lejos, Se sentían y Se esperaban. 

A medida que iban acercándoSe, Su corazón se aceleraba y Su paso se ralentizaba. Tal vez por miedo, tal vez por el deseo de atrapar el momento, tal vez por la falsa impresión compartida de vivir la intensidad a cámara lenta. Lo cierto es que cada Uno se prendía de los ojos del Otro, y lloraban de emoción y el radiante Sol que bañaba el momento, amén de la omisión de parpadeo de Ambos. 

Ella Le vio tropezar. Contuvo la respiración al presenciar Su caída y se llevó las dos manos al pecho, al lugar del que colgaban siempre Sus colgantes, a la explanada alojada en Su pecho. No alcanzaba a verLe, la maleza Le ocultaba y no observaba movimiento alguno... ¿Dónde estaba, estaría bien? Pero Él asomó la cabeza, como un niño, entre los tallos de hierba seca, con la sonrisa pícara de cuando las cosquillas. Ella frunció el ceño, luego rió, luego corrió hacia Él.

Pasaban rápido los metros bajo Sus pies, los accidentes del terreno, los latigazos de cada espina en azotando cada pierna y alguna que otra muñeca. Muy rápido, muy muy rápido. A punto de llegar, ya estaba cerca y el reencuentro era inminente, pero, al igual que en los sueños, a cada paso, aparecía, como de la nada, una mayor distancia para llegar a Ella. 

Apenas quedaban tres metros cuando Ella se dobló por la mitad. Clavada, como una estaca, dolorida y en pleno ardor llevó Su mano al muslo, y comenzó a caer...

Aterrorizado, Él saltó aún más de lo que había saltado en la clase de gimnasia de tercero, cuando el profesor había puesto un potro y un "plinton" seguidos y había amenazado con suspender el curso a cualquiera que no lograra superarlos. Saltó, como decíamos, alargó sus brazos hacia Ella, sintiéndose volar en el aire, y sintiéndose volar en la vida cuando por fin Sus dedos La acariciaron, primero el cabello alborotado, después los brazos, el cuerpo... 

Ambos se desplomaron, Ella en los brazos de El, doloridos, fatigados, escapados de las mutuas ausencias, de las alegrías no compartidas y los dolores telefónicos silenciados, escapados de las ajenidades que siempre hablan y hablan sin parar, de todo lo que no fuese aquél mundo de Ellos bajo el Sol veraniego en la explanada de espigas. 

Volvían Su casa. 

Hacia adelante

Hacia adelante,
sin mirar hacia la izquierda, donde está ella, 
ni a la derecha, donde aún sigue él. 

Sólo se puede vivir mirando al frente, 
de vez en cuando la mirada baja
a la que siguen los renaceres. 

Pero presta cautela, 
en ocasiones el camino se desdibuja
y se funde con el de él y ella. 

No puedes pararte, 
no ves, el suelo se desdibuja
y crees dar pasos ajenos, 
incluso crees desearlos. 

Vuelve, intrépido, vuelve al sendero
por donde tus huellas te siguen
sólo a ti. 

No le mires, no la mires, 
sólo, de vez en cuando, 
deja caer tus suspiros para tomar impulso. 

Si labras cada pisada por ti mismo, 
si sudas la vida a cada aliento, 
si vives en tu piel sin ansiar la de otros, 
te harás dueño de tu destino. 

Sin título

Sueño, contigo, conmigo, con los árboles que nos rodean y los edificios que los tapan.
Los robustos ramajes que un día me cobijaron y alumbraron las flores que aún huelo.
Para encontrarlos sólo cierro los ojos,
respiro hondo y sigo el hilo de una flor:
la que yace en el río y da paso a otra nueva,
la que nace y nace.

Vuelvo a la fuente de la que todo parte, lo hago, poquito a poco, a trompicones, empujando los edificios que tanto me estorban, tapándome la nariz cuando huelo el amianto.
Levanto un dedo cuando encuentro el rastro y después sigo adelante.

Hoy sólo caminé dos pasos hacia ella.
Pero caminé.

La imagino silenciosa y bella, comienza a marchitarse, pero está ahí.
Me llama.
Aguarda, vida mía, aguarda, ya llego.

Puede que no llegue a tiempo, puede que para entonces no sea la misma que olí en el centro de la ciudad.
Pero estoy segura de que habrá dejado un bello rastro, y otra nueva naciente en su lugar.

Aguarda tú, entonces, jovencísima y tierna de color blanco.
Cuando te encuentre no te tocaré,
sólo aguardaré a tu lado a convertirme en tu compañera.

Así fue mi origen.
Así deseo caer.

Brisa de junio

Me gusta ir a la ferretería de mi calle y decir que no tengo prisa, dejar pasar a los que sí la tienen y esperar. Me camuflo con la columna y veo al señor ferretero buscando entre las cajas de cartón, que alojan palabras desconocidas en su lomo. Observo a este zahorí de destellos dorados y plateados buscar de penumbra en penumbra. Objetos desconocidos, inefables, tesoros brillantes que integran nuestros bolsillos de pequeños y ensamblan nuestras vidas de mayores. Eso me gusta. 
Me gusta tener sueño y que todo me inspire, embriagada en bostezos y dulces lágrimas saladas.
Me gusta tener sueños. 
Me gusta cada nueva flor que vive en mi casa y bebe de mi agua, y nutre mi olfato y alivia mis ojos, y da sentido a mis manos cada vez que toco su tierra. 
Me gusta decirte que te quiero, siempre por primera vez, sabiendo que cada palabra pugna por salir y no puedo acallarla, porque, de no florecer, arraiga en mí y carcome mis sentidos. Así que, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero... 

Si cada día en esta vida hiciera todo lo que me gusta, si viviera en un ciclo eterno de fugaces e inabarcables éxtasis , si supiera que los miedos no son más que guiones no representados y saliera a la calle reviviendo cada uno de los sueños que acunó mi inconsciente, un día daría la vuelta sobre mi ser y me vería tal como soy, envuelta en flores, sueños y brisa de junio, salpicada de polen blanco, con la falda al vuelo, los brazos en alto y el eterno nudo de la garganta deshecho en hebras maravillosas ondulando al sol de cada ocaso. 

Ese día volaré. No se lo digas a nadie, pero ya me están naciendo las alas,... y las plumas son preciosas. 

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