Lo que hubiera sido

Se arrastraba. 
Reíamos.

Se cansó de arrastrarse y aprendió a caminar.
Nos preguntábamos si se perdería.

Se cansó de caminar, y aprendió a correr.
Nos preguntábamos si se caería.

Se cansó de correr y aprendió a volar.
Nos maravillábamos de lo que vería.

Ahora sabe arrastrarse, caminar, correr y volar. 

El resto envejecemos en el palco.
Sabemos fumar, beber, cotillear y observar con los anteojos. 

Ojalá hubiésemos puesto nuestro codo en el suelo cuando aún podíamos.

Quién decide

Yo decido. Malinterpreto tus palabras a posta, las tergiverso y te vuelvo loca para provocarte y que montes en cólera. Luego me hago el loco y pergenio alguna broma sarcástica que logre sacar de ti la peor versión de tu persona que pueda imaginar. 


Yo decido. Te miro con ojos candeales y recorro tu rostro como si al tiempo la acariciara con la ternura de mil narcisos despedazándose al roce. Para cuando quieres echarte en mis brazos sólo esgrimes ronroneos y escenas de dulzura irrepetibles. 


Yo decido. Decido no hablarte cuando me preguntas qué me pasa, decido contarte, tras mucha insistencia por tu parte, algún trauma infantil que es igual que todos los que se relatan en los manuales psicológicos, pero que, por el hecho de narrarlo yo, te parece único. Decido que esta tarde tú vas a ser mi terapeuta, porque sé que no te puedes mantener al margen.


Yo decido hasta qué punto quiero contar con tu compañía. Decido que vas a esperarme. Decido que hoy toca silencio. 


Ahora tú, querida madre, sí, ahora tú decide si vas a cambiar el testamento y desheredarme. 
Decide si acaso no soy más que un hijo caprichoso al que ofrecer amparo, o si tal vez soy apenas un alma perdida de aquéllas a las que Herodes permitió engendrar descendencia.  

El sentido

Vivíamos en la penumbra que sólo otorgan los relojes parados.
Mientras el sol tejía y destejía tras la ventana
el tapiz de nubes que sólo descifra quien sabe soñar.


Y el perro no ladraba.


Bebíamos de la sombra que guarda dentro cada armario.
Al otro lado del cristal los patos querían ser cisnes
y nadaban hacia atrás,
hacia los desasosegados quince años.


Y el gato no se lamía.


Volábamos sin alas a ras y en mudas miradas.
En la calle las Iglesias cambiaban de color y empezaban a pinchar. 


Y el vendaval era sólo de viento.


Nos despedimos del olfato, la vista y el tacto.


Y la palabra lo gobernó todo. 

Ciudad de Piedra 08-06-2012


Bulle, convulsiona y se derrama por sus calles.
Una tarde cualquiera explotaron las puertas de los hogares
y cada paisano salió a la calle.
Desde entonces se expande por los baldosines, sin posibilidad de vacío.
El goteo de almas y miradas alimenta la voracidad de las terrazas.
El pintor callejero sigue grabando cada muro.
El mobiliario urbano cobra su sentido,
Los caminantes se chocan con sus prisas.
Bongos, quejidos telefónicos, tunos y despedidas de...adiós...

Dentro de los muros, en el útero de la Ciudad de Piedra, la Verdad sigue siendo atronadora.

Ella, ajena, sigue gestando.
Ella sigue creando pretéritos,
al ritmo del libar de las abejas,
oscura como Sus entrañas antes de abrirlas.
Su sosiego: escalofriante.
Su eternidad: insomne.
Late rotunda.

Yo me siento en Su piedra.
Coloco una mano sobre otra.
Cierro los ojos.

De margaritas y botellas

Por José Antonio Gutiérrez Caballero


¿A qué huelo? ¿En qué lodazales me he revolcado?
¿Con qué me ensucié todos estos años?
¿Acaso queda algo limpio en mí?

Nadie se dió cuenta de mi prístino talón de Aquiles.
Tropezaron con él una y otra vez.
Hoy es el día en que lo tengo roto de tanto mostrarlo,
de tanto presumir de talón limpio.

Me pregunto si repartí bien las cartas, si a todas les puse franqueo,
o si tal vez equivoco el destinatario,
o acaso las mando como botellas en procesión acuática y titubeante.
Me pregunto si acaso no he enviado margaritas dentro de las botellas.

Si acaso las margaritas han sido devoradas por cerdos,
o si simplemente se las llevó la marea de besos, de pechos, de lechos, de roces deshechos,...

Me pregunto si me queda alguna primera vez, o si ya gasté el bono.
Me pregunto quién eres tú,
que avanzas insinuante y colocas tus pezones en mis ojos,
al tiempo que te peleas con mi cinturón.
Me pregunto si eres tú la anónima que recogió mis margaritas en silencio.

Me pregunto si en tu almacén de braguitas mojadas conservas un botellero
con margaritas de diversas cosechas.
Si por las noches sacrificas botellas,
o si simplemente las clasificas y las guardas .

Me pregunto si...

si esta margarita única y raquítica que me queda en el regazo
va a yacer para siempre sobre mis piernas,
o si es la única que entregaré en persona
a su legítima destinataria:
a ti, mi Sirena Recogebotellas.

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