De aquí a allí.

Lo cierto es que estoy harta de las estaciones de trenes y autobuses, de agitar la mano por la ventanilla del conductor y verte en el retrovisor. Hemos vivido escenas maravillosas de despedida, hemos creado una enciclopedia del idioma de la distancia, del cariño al oído, de la empatía y la fe. 
Este hilo que nos une, esta soga indestructible que es capaz de cruzar fronteras y océanos en caso de necesitarlo, ya no necesita ser testada nunca más. 
Este lazo rodea mi seno. Es bello notarlo, como el anillo en el dedo, y lo noto cuando tomo aliento - que es el aire que me ayuda a volar hasta tus sueños -, y cuando lo dejo ir - el aliento que vuela miles de kilómetros hasta llegar a tu pecho -. 
Esta liana tiene la forma de tu brazo cuando pasa por mi hombro, tiene la forma de tu mano al tomar mi talle. La forma de tus rizos - si tiras de uno de ellos, con seguridad saldrá un buzón -, la forma de una nota de piano grave, pulsada en mitad de un silencio vacío, vibrando y vibrando sin tope. La forma de un camino que serpentea y obliga a escapar. Esta soberbia hebra, que va desde tu pecho al mío, está hecha de cabello dorado y negro, mojado de lágrimas, sostenido por sonrisas, amalgamado de chistes, y firme. Firme, como la poesía que guardas en tu nuca y aún no te has visto a pesar de alumbrar tu aura. 
Para cortar esta madeja infinita de pestañas caídas sobre tu hombro desnudo, harían falta dos cosas: la primera, que tú no fueras tú; la segunda, que el amor no fuera el amor. Sin embargo, puedo decirte que este esplendente filamento no puede cortarse por una sencilla razón: el amor opera como amor, y me hace verte cada día más "transparente", es decir, que para mí, tú cada día eres más tú. Ergo: no puede cortarse.
En su lugar, es posible que juguemos a ser dos gatos con un ovillo de lana morada, y enredemos todos los lugares que existen en el planeta hasta ahora: Salamanca, Zaragoza, Gijón, Oviedo, Barcelona, Figueras, Londres, Cadaqués, Madrid, Logroño, Niza, Las Batuecas, El Monasterio de Piedra, Daroca, Dover, alguna playa perdida y silenciosa del Norte,...
Así pues, cuando por fin pueda vivir prendada al vello de mi cielo de pelo negro, este mundo será mullido y morado, tal vez políglota - el español, el inglés, el francés y el "pequeñismo" -, con cosas brillantes, muchos libros, algún sofá, una buena ventana, yogures, chocolate,... e infinidad de besos por todas partes del mundo, de la casa, de nuestros cuerpos.
Solamente te pido: no sueltes tu extremo. Yo beso el mío.  

1 comentarios:

Miguel Ángel Pegarz dijo...

Si no se ha emocionado es de piedra. Y no creo.

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