Dibujar en la arena

Son así las cosas de verdad, las que dejan poso, las que arañan la boca del estómago.
Son así, igual que las azarosas moléculas de agua que a veces cazo semidesnudo en la orilla.
El hecho cierto es que me paso la vida desesperado por cazar sensaciones al vuelo, fotografiarlas, escribirlas, poner puertas al campo y hacer jardines en medio de la selva. Busco ser omnipotente y creer que el paso del tiempo del que tanto se dolía Machado no es más que una excusa para otros maniatados a las manillas del reloj manido. 

Pero no, el tiempo me quita la razón. El tiempo me retira las experiencias y me las vuelve a cubrir de arena, como si no hubiese nunca dibujado con mi dedo ningún nombre, ningún castillo de naipes acuosos y salinos. El tiempo se desploma sobre mi cabeza cada vez que cierro los párpados. Me dice que un día más ha transcurrido desde aquéllo que vivimos desaforados y en comandita, compartiendo y bajo conjunciones astrales irrepetibles, drogados por la fortuna, parpadeando en un morse destinado a no verse reproducido de nuevo.

Tengo tanto miedo de instalarme en este miedo y empobrecerme de poco en poco.
Tanto miedo de ennegrecerme los dedos con las hojas del calendario.
Tanto miedo de comparar...
Tengo tanto miedo de que lo que vivo no sea real, sino sólo una percepción, un deseo de vivir algo bello y permanente, algo que sea indeleble y pueda recrear cualquier domingo mortecino por la tarde.
Tengo tanto miedo del tempus fugit...

Sin embargo la arena en la que dibujo es la que llena los relojes, la que da sentido al futuro, la que hace valioso cada instante. La arena es la única con la que puedo construir castillos semidesnudo, la única que se queda entre mis dedos

No quiero repetir secula seculorum una vida de cuento de hadas en la que todo sea de azúcar y por tanto todo lo mismo...entonces, ¿qué carajo quiero?

Quiero vivir despierto, consciente de cada paso que doy, de cada paso que das cerca de mí, conciente de cada latido y cada aliento, no quiero perder detalle de cada suelo que se me mueve. Deseo ser sensible a los reclamos de la intuición cada vez que me apedrea la nuca. Deseo pisar fuerte en la arena de la playa una y otra vez, tantas veces como vengan las olas. Así, cuando llegues, verás cuál ha sido mi sendero y al menos podrás decidir si seguirlo, si reinventar nuevos dibujos en la arena.

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